"El Centroforward murió al amanecer", Agustín Cuzzani (versión online)
Agustín Cuzzani
El
Centroforward murió al amanecer
"¡Qué
extrañamente construido está el hombre, que puede soportar hasta lo
insoportable!”
JULIUS
FUCIK. “Reportaje al pie del Patíbulo"
PERSONAJES
CACHO
GARIBALDI, Centroforward del Nahuel A. C.
LUPUS
HAMLET,
Príncipe de Dinamarca
NORA
RODRIGOVA, Bailarina.
W.
E. U. H. VON WESTERHAUSEN, Físico Matemático
KING
KONG
TÍA
DOMINGA
VAGABUNDO
GUARDIÁN
CARPINTERÍSIMO
PRESIDENTE
DEL CLUB RODRÍGUEZ, Secretario del Club
REMATADOR
Dr.
CASASSOLA CORDERO, ABOGADO
SR.
CANNIS
SRA.
CANNIS
ANUNCIADOR
VERDUGO
Reporteros,
Fotógrafos, Acreedores, Lacayos, Detectives, Carpinteros, Hinchas, Jueces,
Cuervos, etc., etc.
PRIMER ACTO
Amplia plaza pública, con
bancos, faroles, caminos trazados en el césped. A foro, limitando la escena, la
alta almenada pared de la cárcel. En ella, una ventana pequeña, iluminada
durante toda la obra. Tiene rejas de hierro. En primer plano habrá rampas,
tarimas, pasillos y grandes espacios desnudos. Un Guardián de plaza aparece por
la derecha, balanceando su bastón mientras silba entre dientes cualquier cosa.
En el bolsillo lleva una linterna y un fajo de papeles que sobresale como
programas de cine. El Guardián avanza y se detiene junto a un banco lateral.
Allí comienza a golpear con su bastón como despertando a alguien.
GUARDIÁN. —
¡Eh! ¡Vamos! ¡Despiértese! (Agita el
bastón.) ¡Despiértese! (Primero hay
un movimiento como de alguien que estuviera dormido, y luego surge a la vista,
sentado y rascándose la cabeza, el VAGABUNDO.
Es un hombre de cincuenta años, mal vestido y algo desprolijo, pero no
exactamente la figura de un harapiento, sino más bien la de un filósofo a la
deriva. Un soñador de las calles, un tanto cínico y otro tanto sentimental. Al
principio pestañea aturdido.)
VAGABUNDO. —
¡Ah! Era usted. Tuve un sueño terrible. (Orientándose.)
¿Qué pasa, Guardián?
GUARDIÁN. —
Tiene que salir de allí. No se puede dormir.
VAGABUNDO. —
Pero si yo duermo aquí casi todas las noches. ¡Usted lo sabe!
GUARDIÁN. — Es
una orden superior. Hoy no se puede. (Gesto
enérgico.)
VAGABUNDO. —
¡Pero si todavía es de noche! ¿Por qué no me deja un ratito más? (El Guardián mueve la cabeza.) Me duelen
terriblemente las piernas. (Nuevo
movimiento del Guardián.) ¡Usted sabe cómo camino todos los días!
GUARDIÁN. — No.
Le he dicho que no se puede. Tengo órdenes estrictas. (Con misterio.) En esta plaza va a realizarse una ceremonia muy
importante, a la que están invitadas gentes muy principales. Y debo tener
limpio todo esto...
VAGABUNDO. —
¿Limpio? ¡Ah, sí, ya veo! Y ¿qué ceremonia podrá ser ésa, para que lo saquen a
uno de la cama a las cuatro de la mañana? No es hora de actos públicos, según
creo.
GUARDIÁN (mirando
la ventana iluminada de la cárcel). —
Será al alba. ¿Ve esa ventanita?
VAGABUNDO. —
Algún preso que no quiere dormir.
GUARDIÁN. — No.
No es que no quiera. No lo dejarán dormir en toda la noche. Y al llegar la
aurora lo colgarán aquí, en esta misma plaza. Ya deben estar dándole el
desayuno especial que preparan para estas circunstancias. Después... (Gesto de ahorcamiento.)
VAGABUNDO (extrañado.
Algo incrédulo). — ¿Y esa es la
ceremonia? ¿Lo van a ahorcar aquí?
GUARDIÁN (tono
poético). — ¡Con la primera luz
del alba! (Pausa.) Por causa de la
hora no tendremos mucho público, pero hay algunos invitados especiales. Dentro
de poco llegarán los carpinteros que vienen a construir el patíbulo. Después...
me toca a mí un trabajo agotador.
VAGABUNDO. —
¡Cómo! ¿A usted también le dan trabajo en esta ejecución?
GUARDIÁN. — ¡Y
claro! Tengo que repartir los programas, acomodar a la gente, guardar el orden,
dar las explicaciones del caso. (Muestra
el fajo de programas en su bolsillo.) ¿Ve? Las entradas están rigurosamente
numeradas y no se admiten vales ni permisos de favor. Todo está muy bien
organizado. En fin... yo supongo que usted comprenderá... Es solamente por esta
noche. Después, el banco seguirá a su entera disposición, como siempre.
VAGABUNDO. —
iHombre! Muchas gracias. No deja de ser una finura de su parte. Aunque. No sé
si podré dormir en un sitio donde acaban de ahorcar a alguien. Yo soy un
poquito impresionable, ¿sabe? Y... a propósito, ¿quién es el condenado?
GUARDIÁN (misteriosamente).
— No se sabe nada.
VAGABUNDO. —
¿No?
GUARDIÁN. — No.
En el programa dice solamente: “Ejecución de un peligroso delincuente”. Nada
más. (Pausa.) En este caso han
ocultado todos los detalles porque creo que intervino gente conocida. Y eso, si
se divulga, podría dar lugar a escándalos, manifestaciones, tumultos... ¡Qué sé
yo! Lo único que ha trascendido es que se trata de un peligrosísimo sujeto, una
especie de monstruo. Pero no se aclaró nada más.
VAGABUNDO. — ¡Lástima! Me hubiera gustado saber: Eso de matar
así, legalmente, a un hombre, es algo tan frio… tan inhumano, que uno sin
querer se pone de parte de la víctima. (Marca
el mutis). Bueno... ya que no soy apto para presenciar este tipo de
ceremonias, les dejo el campo limpio a sus gentes principales. (Camina a foro por junto a la pared de la
cárcel. Al pasar bajo la ventana iluminada, se vuelve hacia el Guardián.)
¡Eh, Guardián! (El Guardián lo atiende.)
Hay otros que pasan peores noches que yo, ¿eh? (Señala la ventana.)
GUARDIÁN. —
¡Oh! No se preocupe por él. Dormirá mucho mejor dentro de poco (Sonrie. El VAGABUNDO va a continuar su camino cuando cae desde la ventanita un
cuaderno de gruesas tapas. El VAGABUNDO
lo recoge mientras el Guardián le da la espalda y mira fuera de la escena. El VAGABUNDO abre el cuaderno y lo hojea
extrañado. Luego se recuesta sobre la pared del foro y lee en voz alta
pausadamente.)
VAGABUNDO (leyendo).
— A quien lea estas líneas. Estoy
condenado a muerte y seré ahorcado esta misma madrugada en la plaza junto a la
cárcel. Escribo estas memorias para que alguien las recoja y transmita la
verdad de todo cuanto me ha ocurrido. (Se
interrumpe y mira al Guardián. Pero éste está ocupado en otra cosa y ha salido
casi fuera de escena, por el mismo lado donde comienza a oírse el sordo coro de
los carpinteros. El VAGABUNDO se
encoge de hombros y sigue leyendo atentamente en silencio)
CORO (afuera,
progresivo). —
Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan.
Los obreros carpinteros
que trabajan los maderos
llegan, cantan y se van. (Sigue el bis.)
Los obreros carpinteros
que trabajan los maderos
llegan, cantan y se van. (Sigue el bis.)
GUARDIÁN (muy agitado). —
¡Son los carpinteros! Vienen a levantar el patíbulo. (Hace señas.) ¡Por aquí! ¡Por aquí! (Entra marcialmente el coro de carpinteros guiado por el
Carpinterísimo.)
CORO. —
Aserrín, aserrán... etc. (Caminan
marcando el paso, giran un cuarto de conversión y quedan marcando en su sitio.
Todos llevan a guisa de armas al hombro sus herramientas de trabajo.)
GUARDIÁN (Con una
reverencia). — ¡Bienvenidos a
esta plaza!
CARPINTERÍSIMO (a los
carpinteros). — Carpinteros, ¡al—to! (El coro hace alto militarmente.) Señor Guardián: Somos los
carpinteros encargados de levantar, en esta lubricana hora, el arco de frescas
maderas que será el pórtico bajo el cual se lanzará un alma pecadora a las
tinieblas profundas del Averno. (El VAGABUNDO levanta la vista, mira extrañado
y sigue leyendo.) A la tétrica mansión de Hades, donde vagan en perpetuo
silencio las sombras malditas de los castigados. (Hace una seña enérgica al coro.)
CORO (en su
sitio). — ¡Aserrin, aserrán,
aserrin, aserrán!
CARPINTERÍSIMO. —
¡Comenzad! (El coro se coloca en ronda de
uno en fondo, formando un círculo. Cada uno blande su herramienta y comienzan a
caminar rítmicamente. Medio agachados e incorporándose de súbito, como una
danza indígena, sacudiendo en el aire serruchos, formones, martillos, etc. En
el círculo que marca la ronda va surgiendo lenta y mágicamente, como surgen los
picos de las montañas en los terremotos, un patíbulo ya construido. Mientras se
eleva lentamente en el aire, la ronda continúa su paso marcado, cantando con
voz ritual y pastosa.)
CORO — RONDA. —
¡Al serrucho, al
cepillo, a los clavos que entierra el martillo!
¡A la lima, al formón, aserrín, aserrán, aserrón!
¡A la escuadra, al garlopín, aserrón, aserrán, aserrin!
¡A la lima, al formón, aserrín, aserrán, aserrón!
¡A la escuadra, al garlopín, aserrón, aserrán, aserrin!
(Sigue en el mismo ritmo y canto
hasta que el patibulo está terminado.)
CARPINTERÍSIMO. —
Helo ahí terminado. Hermoso trabajo. ¡Oh, Patíbulo inocente y asesino! ¡Yo te
saludo! (Al coro) Carpinteros, ¡al—to! (El coro hace alto en su sitio. Después rompen la formación y avanzan
secándose el sudor.)
CARPINTERO I. —
¡Uf! ¡Qué laburo!
CARPINTERO II. — Pero miralo. ¡Miralo qué lindo salió!
CARPINTERO III. —
Para vos son todas maravillas.
CARPINTERO II. —
¿Y... qué querés? Cuando hago una cama, me dan ganas de dormir. Cuando hago una
mesa, me dan ganas de sentarme a comer...
CARPINTERO III. — Y
ahora te gustaría que... (Gesto de
ahorcamiento.)
CARPINTERÍSIMO. —
Che, Cortina, ¿vos sos de este barrio?
CARPINTERO I. —
Nacido y criado a orillas de la gayola.
CARPINTERO II. —
¿Vecino de la gayola? ¡Hubieras avisado antes!
CARPINTERO I. —
¿Por qué? Si de afuera no hace nada.
CARPINTERÍSIMO. —
Porque si sos de este barrio, sabrás donde hay un buen almacén abierto a estas
horas, ¿no?
GUARDIÁN. — Si
me permiten, yo tengo un poco de pan y queso, aunque… no sé si debo ofrecérselo
¡Ustedes son tan raros! (Risas del coro.)
CARPINTERÍSIMO (riéndose).
— ¿Raros nosotros?
GUARDIÁN. —
Y... dicen cosas que nadie entiende. Hablan de la hora lubricana y de la
mansión de... no sé quién...
CARPINTERÍSIMO. —
Pero no... Eso es sólo cuando trabajamos. Cosas de la división del trabajo
social. Son los secretos del oficio. Pero ahora somos como todo el mundo y
queremos ir a tomar un semillón en el almacén que indique el compañero Cortina,
que es local. (Con familiaridad.)
¿Venis, Uniforme?
GUARDIÁN. —
Y... no sé si tendré tiempo. La ejecución será al alba.
CARPINTERO III. —
Pero falta mucho, todavía.
CARPINTERO II. — En
invierno aclara tarde.
GUARDIÁN (vacila.
Mira al VAGABUNDO que continúa
leyendo). — ¡Eh! ¿No quiere
venir con nosotros?
VAGABUNDO. — No.
Ahora no puedo. Tengo que terminar esto. (Señala
el cuaderno.)
GUARDIÁN (por el patíbulo). — ¿Me lo cuida entonces?
VAGABUNDO. —
Vaya tranquilo. Ninguno se lo va a ocupar.
CARPINTERISIMO. —
Entonces, ¡a la carga! La madera viene de la semilla, y los carpinteros
vamos...
CORO (saliendo). —
¡Al semillón! (Queda sólo en escena el VAGABUNDO
que termina silenciosamente de leer el manuscrito. Al terminarlo, avanza hacia
el público y se instala, Toma un cigarrillo de su oreja, espera un instante y
se encara con el público.
VAGABUNDO. —
Tengo una curiosa historia que contarles. Y fue escrita por la propia mano de
su protagonista, que la ha arrojado por esa ventana para que quien la recoja la
haga conocer a todo el mundo. (Pausa.)
Como ustedes han llegado un poquito temprano para la ejecución, tenemos tiempo
suficiente para enterarnos de todo lo ocurrido con el condenado, y de paso yo
cumplo con lo que él mismo pide en su manuscrito. Ante todo me quiero
presentar. Yo soy un VAGABUNDO, algo
así como un corcho que flota a la deriva. No tengo casa ni mesa y camino todos
los días por las calles de la ciudad, mirando atentamente todo lo que hay a mi
alrededor. El hecho que me vean tan pobre de ropas no quiere decir que no haya
conocido días mejores. De modo que si alguna vez se escapa una que otra
reflexión filosófica en mi relato, les ruego los atribuyan a supervivencias de
aquellos tiempos. (Pausa.) Y ahora
sí, vamos a nuestra historia. (Señala la
ventanita.) ¿Ven, ven aquella ventanita iluminada? Allí hay un hombre que
espera la muerte. ¿Ven ese patíbulo recién hecho? Pues allí lo van a colgar
dentro de un rato. Bueno… eso ustedes ya lo saben puesto que han venido
temprano para verlo. Pero lo que no saben, es quién es el hombre que allí
espera la muerte. Les diré, ante todo, que se llama Arístides GARIBALDI. (A uno del público.) Sí, Cacho, como le decían sus amigos. Es muy
posible que todos ustedes recuerden ese nombre, que no hace mucho era famoso en
toda la ciudad. Los diarios se ocupaban de él constantemente y en la página de
deportes de todas sus ediciones era frecuente ver su fotografía o su nombre en
grandes titulares. ¡Arístides GARIBALDI,
el centroforward más hábil del momento! (Se
oyen fuera numerosos coros de canillitas voceando distintos diarios y frases
alusivas a Arístides GARIBALDI.)
En su época fue uno de los héroes más celebrados del football y todavía se
recuerdan muchas de sus hazañas, aunque de pronto dejó de aparecer y cambió
bruscamente de página. Entonces reapareció en las crónicas policiales de todos
los diarios. Bueno... No nos adelantemos. Retrocedamos más bien al recuerdo de
aquellos días en que su estrella brillaba y su nombre era mencionado en las
tardes de los domingos por una voz muy familiar. ¿Recuerdan? (El VAGABUNDO
señala un ángulo de la escena donde aparece un gran aparato de radio sobre una
mesita. La luz ilumina vivamente ese ángulo. Entran dos hinchas silenciosos y
se instalan a oír.)
LOCUTOR (es la voz
de Lalo Pelliciari o de algún otro famoso relator de partidos de football. Su
tirada puede ser substituida por cualquier otra análoga. Lo importante es el
tono y el ritmo angustioso, urgente, de una transmisión. El nombre de GARIBALDI será incluido numerosas veces
en el relato. A fondo, el rugido típico de una cancha de football). — Bueno... empezó el match. Mueve la
pelota Pontino, la cede atrás a Lombardella, éste a García que se corre por un
costado y hace un pase corto a GARIBALDI
en su campo. GARIBALDI corre ahora,
anula a un hombre, otro hombre, cae y pierde la pelota frente a Waldemar ¡Foul!
Bueno... Juego detenido. (Comienza una
tanda de avisos publicitarios pero la voz se pierde en un murmullo y la luz se
apaga sobre los escuchas.)
VAGABUNDO. —
¿Recuerdan, verdad? Cacho GARIBALDI
era el centroforward de primera división del Nahuel Athletic Club. Este no era
lo que podría decirse un club grande. Todo lo contrario. El Nahuel era y es uno
de esos clubes de barrio que nunca pudo aspirar a un título de campeón, pero
que a fuerza de amor y sacrificio consiguen siempre un lugar en la tabla de
posiciones. Y en aquella época, cuando la estrella de GARIBALDI llegó a brillar en toda su magnitud, el equipo de Nahuel
empezó a dar a su barrio y a su club satisfacciones cada vez más resonantes.
Fueron las mejores tardes del Nahuel y GARIBALDI,
domingo a domingo, se consagraba como el mejor centroforward de su momento. (Vuelve a encenderse luz sobre la radio y
los hinchas. El relato continúa. Sólo que ahora es mucho más rápido y
progresivamente delirante hasta llegar al paroxismo.)
LOCUTOR. — Se
reanuda el juego. Va a patear el tiro libre Donato. El referee Haberloocker
hace sonar el silbato. Va el shot. La pelota pega en García y la toma GARIBALDI quien cede a Pezzuticchio,
éste a Sánchez que se corre solo por el wing. Le sale ahora un hombre al
encuentro, se le tira a los pies pero marra en su intento y Sánchez despide un
centro corto a la altura de la línea peligrosa. La toma GARIBALDI y avanza. Se produce un amontonamiento de jugadores. Cae
Lacámera, salta Busso, salta Concino y GARIBALDI
escapa con la pelota entre dos defensores, se coloca, tira violentamente:
¡Gooooool! (Rugidos de multitud. Los dos
hinchas saltan de contentos. La luz decrece y se apaga sobre ellos. Vaga aún en
el aire el rugido de la multitud.)
VAGABUNDO. — Ruge la multitud en la tarde soleada del
domingo. Y el Nahuel vence partido tras partido, derrochando corazón y empeño.
Podría creerse que todo acompaña la alegría del barrio, cuando los hombres
regresan al atardecer coreando nombres y agitando banderas. Sin embargo, en el
fondo de toda esa alegría, había un punto que no andaba bien, mejor dicho,
andaba bastante mal, y eran las finanzas del Club Nahuel. La cancha recién
construida, los sueldos, el nuevo local para el Club, la pileta... Fiestas,
gastos... En fin, las deudas subían y subían, y el PRESIDENTE del Club se veía cada vez más apremiado por los ACREEDORes. (En diversos lugares de la escena, junto al foro, en el techo, a
izquierda y a derecha, suenan timbres enloquecidos de teléfonos y se iluminan
manos o caras de ACREEDORes
empuñando auriculares. En el centro de la escena, se ilumina al PRESIDENTE del Club, con un teléfono en
la mano).
ACREEDOR I. — Es
necesario que me pague esta semana la factura de...
ACREEDOR II. — No
y no. Tiene un atraso de seis meses. No, no, no...
ACREEDOR III. — No
puedo darle más plazo.
ACREEDOR IV. — Si
dentro de cuarenta y ocho horas...
ACREEDOR V. — ¡A
ver si me paga de una vez!
UNA VIEJA. — (teléfono antiguo, de pared, a manivela).
— ¡Mis dineros, mis dineros! ¡Yo
quiero mis dineros! Si usted no me da mis dineros, ¡que Dios lo maldiga! (Un Mensajero trae hasta el PRESIDENTE un sobre enorme, El PRESIDENTE, aturdido, rasga la parte
superior de la que sale, como por un resorte, una cabeza de ACREEDOR.)
ACREEDOR VI. — ¿Y?
(El—PRESIDENTE
empuja la cabeza hacia dentro del sobre y saca el sobre de escena. Por una
parte entra Rodríguez, el Secretario del Club, con un enorme libro de actas en
la mano.)
PRESIDENTE. —
¿Qué otra mala noticia hay, Rodríguez?
RODRÍGUEZ. —
Esta vez no es tan mala. Es más vale un empate, señor PRESIDENTE.
PRESIDENTE. —
¿Qué pasa?
RODRÍGUEZ. — Hay
una oferta del Club San Bernardo. Quieren comprar a GARIBALDI.
PRESIDENTE. — ¿A GARIBALDI?
RODRÍGUEZ. — Sí.
Ofrecen un millón de pesos.
PRESIDENTE. — ¡Un
millón de pesos! Pero... ¡eso no es una mala noticia, Rodríguez!
RODRÍGUEZ. —
No... Mala no es. Pero el Delegado del San Bernardo no supo ser discreto,
comentó la oferta con algunos muchachos del Club y...
PRESIDENTE. —
¿Y…?
RODRÍGUEZ. —
Y... algunos muchachos comenzaron a juntar gente... Dicen que si vendemos a GARIBALDI incendian el Club y nos matan
a todos. (Pausa.) Ya le dije... es un
empate.
PRESIDENTE. —
¡Pero con un millón de pesos pagamos toda la deuda! Ya no puedo atajarlos más.
¡Me amenazan en todos los tonos!
RODRÍGUEZ. — Los
socios también amenazan, señor PRESIDENTE.
Yo creo que es mejor un pleito que un incendio. ¿No le parece? (Se oyen gritos fuertes dentro.)
PRESIDENTE. (Asustado.)
— ¿Y eso?...
RODRÍGUEZ. —
Nada... Ganamos tres a cero. ¡Hoy... es un día de gloria para el Nahuel!
(Salen. La luz se apaga sobre
él.)
VAGABUNDO. — Esa
era la situación. Lo que se ganaba en las canchas se perdía en los libros de
comercio. Allí nada importaba un gol más o menos. Arístides GARIBALDI, Cacho, hizo maravillas
tratando de servir mejor al Club de su barrio, pero lo único que consiguió fue
llegar al fin del campeonato completamente agotado. (Se enciende una luz en un rincón cualquiera del escenario, que simula
ser someramente la pieza de GARIBALDI.
Bastarán unos banderines colgados en la pared, una silla y una cama de hierro.
Se oye desde fuera un coro tumultuoso.) CORO DE HINCHAS. —
Siento ruido de
pelota,
Y no sé, y no sé lo que será.
Es el Cacho GARIBALDI
¡Que al Nahuel
Que al Nahuel hizo ganar!
Y no sé, y no sé lo que será.
Es el Cacho GARIBALDI
¡Que al Nahuel
Que al Nahuel hizo ganar!
(Entran en tropel a la pieza. Con ellos viene GARIBALDI sus ropas hechas jirones: un
hincha trae un trozo de su camiseta atada como bandera a un palo. Otro, un
zapato, otro, una media. GARIBALDI
está despeinado y con muestras de gran cansancio. Los hinchas lo palmean, lo
abrazan, lo tocan.)
HINCHA I.
— ¡Viva Cacho!
HINCHA II.
— ¡Viva el crack del barrio!
HINCHA III.
— ¡Viva el rey de los
centroforwards!
HINCHA IV.
— ¡Viva el talentoso genio de la
humanidad!
CORO.
— ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI,
pum! ¡GARIBALDI, pum!
GARIBALDI.
— Bueno, muchachos. Por hoy es
bastante. Yo les agradezco mucho y me siento muy feliz. Pero estoy muy cansado.
HINCHA I.
— ¡Queremos estar junto a nuestro
héroe!...
HINCHA II.
— ¡Acompañarte!...
HINCHA III.
— ¡Oírte!...
HINCHA IV.
— ¡Verte!
CORO.
— ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI,
pum! (Entran un Repórter y un Fotógrafo.)
REPÓRTER.
— ¡Paso, paso, paso! ¡Permiso,
permiso! Soy el repórter volante de "La Crónica Deportiva”. Unas
preguntitas, Cacho.
HINCHA II. —
Eso. ¡Que diga unas palabras! ¡Que diga unas palabras!
GARIBALDI. — (toma el micrófono que le tiende el
Repórter. Es un gesto mecánico. Un reflejo condicionado. Sonríe). — Estimados oyentes, buenas tardes.
Quiero enviar un saludo a la afición deportiva, a todos los simpatizantes de
nuestro querido Club y especialmente a mi tía Dominga y a mi sobrinito Cachín
que me estarán escuchando, y en general a todos los que me alientan con su
aliento.
REPÓRTER. —
¿Algunas impresiones sobre el match, GARIBALDI?
GARIBALDI. — Y…
el partido fue…
REPÓRTER. —
¡Dice GARIBALDI que el partido fue
muy movido!
GARIBALDI. — El
equipo jugó...
REPÓRTER. —
¡Dice que el equipo jugó muy bien!
GARIBALDI. —Estamos
muy contentos.
REPORTER. — Y
qué están muy contentos de haber ganado. ¿Alguna cosita más, GARIBALDI?
GARIBALDI. —Nada
más y muchas gracias.
CORO. — ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI, pum!
REPORTER. — Y
con estas palabras se despide de la invisible platea del éter el crack del
momento, Cacho GARIBALDI. Estimados
oyentes, será hasta el próximo domingo, en un nuevo reportaje del micrófono
volante. Hasta el domingo, pues, y muchas gracias. (Al Fotógrafo.) ¡Hacé fuego, Pedrito! (Fogonazo. Todos se colocan alrededor de GARIBALDI en una foto típica. Salen el Repórter y el Fotógrafo.)
GARIBALDI. —
Bueno. Ahora déjenme, muchachos. Quiero descansar.
HINCHA I. —
Bueno. Nos vamos. ¡Viva GARIBALDI!
CORO. — ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI,
pum!
HINCHA. — (tartamudo) — ¡Y quedate tranquilo! ¡Que si te quieren vender rompemos todo!
Palabra. ¡Quemamos todo! ¡No dejamos nada sano!
CORO (saliendo).
— Siento ruido de pelota... (etc, etcétera) (Entra la tía Dominga
trayendo un rompevientos y unas zapatillas. Es gorda y madura.)
DOMINGA. — ¿Se
fueron? ¡Cómo te dejaron! Todos los domingos igual... Tomá, ponete esto. (Mirándolo.) ¿Otra camiseta más, verdad?
GARIBALDI. — Sí.
Todos los domingos me cuesta una. A ellos les gusta.
DOMINGA. —
¡Ellos! ¡Lo decís como si fueran quién sabe qué!
GARIBALDI. —
Y... Son los muchachos. Toda su alegría la tienen los domingos, cuando gana el
Nahuel. Es algo que tienen de común entre todos. Y se sienten más amigos y se
perdonan muchas cosas, porque son todos del Nahuel. ¿Y cómo me voy a negar a
darles la camiseta, si estoy contento de haber ganado otro partido para ellos?
Son buenos muchachos... Y me quieren mucho.
DOMINGA. — Y
vos también sos bueno. Y te desarmás todo detrás de una pelota todos los
domingos del año, y quedás como inservible después del campeonato. ¿Y todo para
qué? Para que ellos estén contentos y vean tu foto en el diario. Este último
año te han estado pagando bastante poco, ¿eh? Ya son casi cuatro meses que no
te dan un sueldo entero.
GARIBALDI. —
Y... están juntando. Tienen muchas deudas. El edificio nuevo, la cancha, el
piso del salón de baile. ¡La pileta! Son muchos gastos. ¡Pero saldremos
adelante, Dominga! Los del equipo queremos mucho a nuestro Club. ¿Por qué te
creés que hemos ganado esta tarde? El Rivera Football Club es un equipo
poderoso, de muchos recursos, que compra jugadores de primera línea. Sin
embargo, con nosotros no pudo.
DOMINGA. — El
diario decía anoche que te querían comprar a vos.
GARIBALDI (sonriendo).
— ¿A mí? ¡No, viejita! A mí no me
compra nadie. Yo soy del Nahuel y sólo jugaré para el Club de mi barrio. Si el
Nahuel es como mi casa... Desde que era un purrete así. No... a mí no me van a
comprar. Antes hago una revolución con los muchachos.
DOMINGA. — Sin
embargo...
GARIBALDI. —
¿Sin embargo, qué?
DOMINGA. —
Y... Si lo pensás bien, tal vez te convenga un Club grande. Pagan mucha plata.
GARIBALDI. — Ni
por todo el oro del mundo. Yo quiero a mi Club. Cuando estoy en la cancha, no
puedo estar calculando cuánto me van a pagar, cada vez que pateo la pelota.
¿Comprendés? En cambio, siento que el corazón se me agranda y que todo el
barrio está detrás mío, pendiente de lo que voy a hacer. Eso no se paga, tía.
DOMINGA. — Y ahora...
¿vas a descansar?
GARIBALDI. —
¿Descansar? ¿Cómo descansar?
DOMINGA. —
Y... El campeonato terminó.
GARIBALDI. —
Eso no importa. Ahora tenemos una gira por todo el interior. Tené en cuenta que
salimos cuartos y hay que pagar la deuda. (Mira
sonriente hacia adelante. Por la puerta entra el ACREEDOR y dos Oficiales de Justicia, que se deslizan silenciosos
en el lugar. Visten de negro y tienen todo el aspecto de pájaros de tribunal.)
ACREEDOR. —
Buenas tardes.
GARIBALDI (alegremente).
— Buenas tardes. Pasen.
DOMINGA (por lo
bajo). — ¿Quiénes son, Cacho? No
los conozco.
GARIBALDI. — Yo
tampoco. ¿Pero qué tiene? Son... gente... Hinchas tal vez... (Fuerte.) Pasen, pasen (se mueve ágilmente en plena euforia de
vida).
ACREEDOR. —
¿Está el señor Arístides GARIBALDI?
GARIBALDI. — Soy
yo, señor. ¿En qué puedo servirlo?
ACREEDOR (cauteloso).
— ¿Arístides GARIBALDI, el centroforward del Nahuel Athletic Club?
GARIBALDI (un poco
sorprendido). — Sí, señor. Sí...
ACREEDOR (a los
Oficiales). — Parece que es él,
pero es indispensable que me asegure. (A GARIBALDI.) Perdone, pero...
¿Arístides GARIBALDI, el del equipo
de primera división?
GARIBALDI (otra vez
divertido). — ¡Mire aquí! (Muestra su pie derecho.)
ACREEDOR. — No
comprendo.
GARIBALDI. ¡Éste es mi pie derecho!
ACREEDOR. — No
pretenderá que se lo estreche. Yo quería cerciorarme si usted es...
GARIBALDI. — Y.
bueno. Éste es el pie que hace los goles. Usted puede comprobar...
ACREEDOR. Basta, señor. Si usted es la persona que
buscamos, los señores Oficiales de Justicia tienen una misión que cumplir.
DOMINGA. — ¿Oficiales de Justicia? ¿Qué es esto, Cacho?
GARIBALDI — No
me lo explico. ¿Qué vienen a hacer aquí los Oficiales esos?
ACREEDOR (a Oficial
I). — Proceda nomás.
OFICIAL I (adelantándose).
— iSeñor GARIBALDI! Procedo a: notificar a usted una providencia recaída en
el juicio seguido por "La Confianza S.A” contra Nahuel Athletic Club,
sobre cobro ejecutivo de pesos. Dice así: El Oficial de Justicia de la Zona que
corresponda, se constituirá en el domicilio del señor don Arístides GARIBALDI, jugador profesional de
Primera División del Nahuel Athletic Club, y procederà a trabar embargo sobre
su persona, con las formalidades de Ley y los recaudos de estilo. Notificará
asimismo al embargado que, si dentro de cuarenta y ocho horas el demandado
Nahuel Athletic Club no realiza el pago del capital reclamado con más intereses
y costas, el jugador Arístides GARIBALDI
será vendido y rematado en pública subasta al mejor postor. Dado, sellado y
firmado en la sala de público despacho del Juzgado, en el lugar y fecha
consignado ut supra.
GARIBALDI. —
¿Qué quiere decir todo esto?
ACREEDOR. Una simple precaución, nada más. No puedo
ponerme de acuerdo con el PRESIDENTE
de su Club, sobre la forma de pago de mi crédito y tomo esta medida para
asegurarme. Una simple precaución, nada más.
GARIBALDI. — No
entiendo qué clase de precaución es ésa. ¿Usted me embarga a mí?
ACREEDOR. —
Claro.
GARIBALDI. — Es
decir, no embarga mi sueldo, ni mis muebles, ni mi ropa. ¡Me embarga a mí!
ACREEDOR. —
iExactamente!
GARIBALDI. —
¡Eso no puede ser! Ustedes no pueden sacarme a remate como si yo fuera una
valija de fibra o un ropero usado. ¡Yo soy un ser humano!
ACREEDOR. —
Nadie se lo niega. Pero a mí me deben mucha plata y usted vale más de un millón
de pesos. Hay ofertas muy serias. Yo le di la oportunidad a su Club de venderlo
en privado. No quisieron... (Se encoge de
hombros.)
GARIBALDI. — Yo
no quiero que me vendan. ¡Los muchachos tampoco!
ACREEDOR. — ¡Bah! Sentimentalismos: Ustedes se lo buscaron.
OFICIAL II. — (por
Dominga) A la señora la podemos nombrar depositaria. (Le tiende un papel y una lapicera.) Firme aquí, señora.
GARIBALDI. — ¿Qué
hago, Cacho?
GARIBALDI. — No firmes nada. Primero tengo que hablar con el PRESIDENTE del Club.
OFICIAL II. — Si la señora no quiere firmar, tendremos que
depositar al señor GARIBALDI en el
Banco Municipal de Prestamos. Es lo que se estila.
ACREEDOR. —
Firme, señora, firme. Ya verá como todo se arregla. Es una simple precaución. (Dominga firma)
OFICIAL I. —
Señor GARIBALDI. Yo espero que en el
fondo todo se arreglará... Yo... Yo soy hincha del Nahuel…
GARIBALDI. —
¡Del Nahuel! ¡Fuera de aquí! (Avanza
sobre los Oficiales que huyen junto con el ACREEDOR
seguidos de Garibaldi y Dominga.) ¡Atorrantes! (Las luces de la pieza se apagan)
VAGABUNDO. — ¡Atorrantes! Pero Garibaldi no tenía en ese
terreno de leyes y leguleyos ninguna defensa. Él sólo sabía defenderse en una
cancha. Por lo tanto debió pedir auxilio y lo que vino fue un verdadero torneo de
llamadas. (Entra GARIBALDI por un costado y camina hacia un ángulo donde se ilumina
un teléfono público.)
GARIBALDI (hacia
fuera). — ¿Tiene una moneda de
veinte, por favor? (Tiende su mano hacia afuera. Marca un número en el teléfono
y espera. Otro teléfono se ilumina en otro ángulo del escenario. Suena. Aparece
el PRESIDENTE, que atiende.)
PRESIDENTE. (con algún
miedo). — ¡Hola!
GARIBALDI. — Señor
Presidente: Soy yo, Cacho.
PRESIDENTE. — ¡Ah! ¿Cómo te va, Cacho? ¡Te felicito! Sé que
hiciste un partidazo.
GARIBALDI. Muchas gracias. Pero yo le hablo para contarle algo muy grave.
PRESIDENTE. — ¿Qué te pasó? ¿Te lesionaste?
GARIBALDI. — No.
Por aquí vino un señor de "La Confianza" con dos Oficiales de
Justicia y me embargaron.
PRESIDENTE. — ¿Te
embargaron? ¿Y qué te embargaron? ¿Los muebles?
GARIBALDI. — No.
¡Me embargaron a mí! Y dicen que si en cuarenta y ocho horas no levantan la
deuda me sacarán a remate.
PRESIDENTE. —
¡Oh! ¿Cómo es posible?
GARIBALDI, — Y
venía con dos Oficiales de Justicia. ¿Qué va a pasar ahora, señor PRESIDENTE?
PRESIDENTE. —
Nada, nada. No te preocupes, Cacho. Eso tengo que pensarlo yo. Ahora mismo voy
a llamar al ABOGADO. Estas cosas
tienen arreglo. Se puede ganar tiempo siempre. Por lo menos hasta que termine
la gira. Vos no te preocupes y descansá. Yo arreglo todo.
GARIBALDI. — ¡Por favor, señor PRESIDENTE!
PRESIDENTE. — ¡Yo arreglo todo!
GARIBALDI. — Bueno, esta noche voy a ir al Club a ver qué
solución hay.
PRESIDENTE. — No
te preocupes. Yo arreglo todo. Hasta luego. (Cuelga.
GARIBALDI mutis y se oscurece ese
lugar. El PRESIDENTE disca en su
teléfono frenéticamente. Inmediatamente se enciende otro ángulo con su
correspondiente teléfono donde el doctor Casassola Cordero, ABOGADO, atiende.)
ABOGADO. Estudio del Dr. Casassola Cordero.
PRESIDENTE. —
¿Está el doctor?
ABOGADO. — No,
no está. ¿Quién le habla?
PRESIDENTE. — El
PRESIDENTE del Nahuel.
ABOGADO. —
¡Pero qué dice mi amigo! ¡Para usted estoy siempre! Pero usted sabe. Si atiendo
a todo el mundo no puedo trabajar. Ya vi su expediente. ¿Le embargaron al
muchacho, no? No se preocupe, mi amigo. No se preocupe. Ya interpuse el
recurso. Promoví un incidente de los que se substancian por cuerda floja, e in
limine litis sacaremos una providencia por declinatoria y otra por contrario
imperio que revoque el mandamiento antes que se consienta. Eso hace juris et de
jure al fondo de la litis, mi amigo. Pero no se preocupe. El remate está
atajado.
PRESIDENTE. — Eso
es lo que quería preguntarle. ¿Está atajado el remate?
ABOGADO. —
¡Pero claro, mi amigo! No se preocupe. Esté tranquilo. Ese remate no tendrá
lugar. En ningún caso le van a rematar al muchacho. En ningún caso. Ya hay
jurisprudencia. (La luz decrece sobre el ABOGADO y PRESIDENTE, hasta desaparecer) y la cámara se va a expedir
favorablemente. No habrá remate, yo se lo garantizo. ¡No habrá remate! (De la profunda oscuridad de la escena,
surge avanzando hacia adelante, la figura de un rematador con un martillo en la
mano. Las luces de la sala se encienden. Todo se llena de banderines rojos,
como si fuera el salón de ventas de una gran casa de remates.)
REMATADOR. — Buenas noches, señores. Es con mi más emocionado
acento que saludo esta noche en nuestro hall de ventas, la presencia de lo más
representativo de nuestro medio deportivo. Y no podía ser de otra manera.
Observo que han venido representantes y apoderados de los clubes más poderosos
de nuestro football. Es que, señores, va a salir a la venta esta noche, el lote
más excepcional de todos cuantos han pasado por nuestras manos. Un verdadero
fenómeno del arte futbolístico. ¡Un artífice del gol! Aplaudido domingo a
domingo por multitudes de simpatizantes. Bien señores, vamos a proceder al
remate y lo haremos en las condiciones usuales: al contado y al mejor postor.
Atención señores: Se trata de Arístides GARIBALDI,
centroforward del equipo de primera división del Nahuel Athletic Club. (Entra GARIBALDI
cabizbajo, traído por un empleado del rematador. El rematador hace una seña y
bajan a GARIBALDI a la platea donde
lo pasean como a un toro de exposición.) ¡Observen bien esa estampa! Vean
qué musculatura. ¡Qué vigor! Pueden mirar su dentadura sana, su cabellera
abundante. Oportunidades como esta no se ven dos veces en un hall de ventas (Pausa mientras espera el retorno de GARIBALDI.) Bueno. ¿Cuánto vale el
crack, señores? (Espera.) ¿Vale
trescientos mil pesos? Trescientos mil por acá. Trescientos cincuenta mil por
allá. Cincuenta, cincuenta, ¡Cuatrocientos mil ahí! ¡Cuatro, cuatro, cuatro,
cuatrocuatrocuatro! ¿Quién da más? ¿Nadie da más? ¿Nadie da más? ¡Es una
verdadera pichincha, señores! Cualquier equipo de ascenso puede adquirir este
fenómeno por ese precio. ¡Cuatrocientos treinta mil! ¡Cincuenta mil! (Seguidilla entre dos ofertantes.)
¡Sesenta mil, Setenta mil! ¡Ochenta mil! (Pausa).
¿No? Cuatrocientos setenta mil (Al otro.)
Vamos, don Mario. ¡Decídase! Ustedes necesitan un centroforward. Si no fuera
por la defensa, el domingo hubieran pasado un mal rato. ¿Eh? ¿Se acuerda?
¿Ochenta mil? ¿No? Recuerde que los goles los hacen los forwards. (Triunfante.) ¡Ochenta mil!
¡Cuatrocientos ochenta mil para don Mario! ¡Quinientos mil por allá!
¡Quinientos, quinientos... cinco, cinco, cinco, cinco, cinco! ¿Nadie da más? (Entra apresuradamente LUPUS por la platea.) Quinientos mil pesos a la una! Vamos,
señores. ¡Es una vergüenza! Ustedes saben que vale el doble. ¡Quinientos mil
pesos a las dos! Y voy a quemar por esos centavitos... ¡Quinientos mil pesos y
a las tres! Vendo esta maravilla en sólo quinientos mil pesos. Nada más que
hacerle! (pausa).
LUPUS. —
Seiscientos mil pesos. (Murmullo de
asombros).
REMATADOR. —
Seiscientos mil pesos. ¡Así me gusta! ¡Seiscientos mil pesos por el señor!
¿Quién da más, quién da más? (En el aire,
sin mirar a nadie.) ¡Seiscientos veinte mil pesos! ¡Seiscientos veinte mil
pesos!
LUPUS. — ¡Un millón setecientos mil pesos!
REMATADOR. — ¡Un millón setecientos mil pesos! ¿Alguien da
más? (Estupefacto.) No se dejen
asustar, señores. ¡Un millón setecientos mil pesos! (Pausa.) ¿Nada más por
allí, ni por allí? Nada... ¡Vendido al señor en un millón setecientos mil
pesos! (A LUPUS.) ¿Quiere adelantarse, señor? (LUPUS sube señorialmente al
escenario. Por un costado del escenario salen a recibirle el PRESIDENTE del club y Rodríguez.)
Debe firmar el boleto, señor. Por aquí. (El
empleado le tiende un papel que LUPUS
firma sin mirar.) ¿Y? (A la platea.)
¿Vio, don Mario? ¿Qué le dije? (A LUPUS.) El señor es el PRESIDENTE de la entidad vendedora. (El PRESIDENTE
tiende la mano a LUPUS quien apenas
la toca.)
PRESIDENTE. — No
se imagina, señor, con cuánto dolor me desprendo de un hombre como GARIBALDI. Lo felicito. Ya verá qué
maravillase lleva.
REMATADOR. — El precio pagado por el señor constituye el
récord de este año. (A LUPUS.) Ha comprado usted una
maravilla.
LUPUS (con
displicencia). — Se supone que
ya conozco a este jugador. Yo nunca compro a ciegas, como pueden imaginarse.
Necesitaba lo mejor y pago su precio. (Entrega
un papel.) Aquí está el cheque. Buenas noches. (Marca el mutis.)
PRESIDENTE. —
Buenas noches.
RODRIGUEZ. —
iSeñor, señor!
LUPUS (volviéndose).
— ¿Decía usted?
RODRÍGUEZ
(tímidamente). — Nada, señor. Pero una simple curiosidad me mueve a preguntar. No
nos ha dicho para que club va a jugar ahora GARIBALDI. En fin, nosotros...
PRESIDENTE.
— Tiene razón. ¡Caramba que somos
distraídos! En efecto, señor. Quisiéramos saber a qué club hemos vendido a
nuestro centroforward.
LUPUS
(extrañadísimo). — ¿Club? No entiendo.
REMATADOR.
— Claro. El señor quiere saber a qué
club representa usted. Más le diría. Todos nosotros estamos intrigados por
saber dónde jugará ahora GARIBALDI.
LUPUS
(ofendido). — ¡Club! Ningún club, señores. Yo no soy representante de ningún
club de football. Lo he comprado para mí. Me interesó, pague su precio y ahora
me lo llevo. PRESIDENTE. (todos a una). — ¿Cómo?
REMATADOR.
(todos a una). — ¿Cómo?
RODRÍGUEZ. (todos a una). —
¿Cómo?
LUPUS.
— No me explico tanto asombro,
señores. He dicho: que pago su precio y es lógico que me lo lleve. (Tiende una tarjeta.) Me llamo Ennésimo LUPUS. Ésta es mi dirección,
envuélvanmelo y mandenmelo a casa mañana bien temprano. (Inicia el mutis.) Buenas noches, señores.
PRESIDENTE
(saliendo detrás de LUPUS). — ¡Señor,
señor, oiga!
RODRÍGUEZ
(detrás del PRESIDENTE). —
¡Oiga, oiga, señor!
REMATADOR
(detrás de ellos). — ¡Oiga, señor LUPUS! (Mira la tarjeta.)
¡Don Ennésimo, don Ennésimo! (Mutis. Las
luces decrecen y las de la platea se han apagado.)
VAGABUNDO
(reapareciendo en un sitio lejano, suelta
una carcajada). — ¡Qué macanudo!
¿Se dan cuenta? (Entra el guardián.)
GUARDIÁN.
— ¡Eh! ¿De qué se rie? (El VAGABUNDO
lo mira divertido.) ¿Usted se estaba riendo solo?
VAGABUNDO.
— ¿Sabe qué pasa?
GUARDIÁN.
— No.
VAGABUNDO.
— GARIBALDI.
GUARDIÁN.
— ¿Quién?
VAGABUNDO.
— GARIBALDI…
GUARDIÁN. —
No entiendo nada. ¿Qué pasa con GARIBALDI?
VAGABUNDO
(estallando en risa). — ¡Pum!
TELON
SEGUNDO ACTO
A telón cubierto entra y se
pasea el VAGABUNDO, releyendo alguna
parte del cuaderno. Está pensativo.
VAGABUNDO. —
Bueno, a pesar de la sorpresa, las cosas fueron sucediendo tal y como lo había
dispuesto el comprador de GARIBALDI.
Se pagó la seña, se firmó el boleto, y con el millón setecientos mil del precio
el Club pagó casi todas las deudas y tranquilizó a los ACREEDORES. Pero nuestra historia es otra. No se refiere ya a las
finanzas de un club de football, ni siquiera a su situación en el campeonato.
Nosotros seguiremos las huellas de Arístides Cacho GARIBALDI y su muy curiosa aventura. El señor don Ennésimo LUPUS, su comprador, había tomado todas las medidas para que su
llegada al palacio —porque tenía un
palacio—, fuera todo lo espectacular
que la calidad del artículo y el precio pagado exigían. Y ya lo creo que fue
todo un espectáculo. ¡Miren! (El VAGABUNDO queda oculto en un rincón
sombrío, El telón se descorre silenciosamente. Es el mismo decorado de la
acción anterior. Solo que todo lo relativo a la plaza, faroles, cadalso, cárcel
y el resto, se halla oculto en espesas sombras o tal vez en un velo. En cambio
el proscenio y los primeros planos de la escena brillan en tarimas, conos
truncos, escalinatas y lugares en distintos planos donde se jugará toda la
acción del palacio).
LUPUS (entra
acompañado de dos pajes y dos mayordomos. Viste elegantemente. Acciona con
agilidad y sus gestos rebuscados definen la exquisita deformación del sujeto.
Se desplaza hacia el centro, se ubica en una especie de trono. Habla a los
mayordomos.) — Haced pasar a NORA Rodrigova, el PROFESOR, HAMLET y King
Kong. (Salen los mayordomos. LUPUS comienza a tomar su desayuno que
le sirven dos pajes. Entran lentamente NORA,
el PROFESOR, King Kong y HAMLET, Príncipe de Dinamarca. NORA es joven y hermosa. Viste ropas de
bailarina clásica pintada por Dégas o Renoir. El PROFESOR es un anciano de mirada ausente y gesto agrio. King Kong
es un hombre mono de circo; viste piel de tigre y sonríe tontamente. HAMLET es exactamente HAMLET, Principe de Dinamarca. Viste
como tal. Acciona con su mismo juego. Sólo que es un hombre gastado con un amargo
rictus de tedio detrás de su máscara histriónica. LUPUS habla con descuido.) Podéis saludar. (Los cuatro en poses rebuscadas, cada uno según su naturaleza saludan.)
Suficiente. Sentáos. (Los cuatro se
instalan mientras LUPUS termina su
desayuno.) Bien. Os he convocado para daros una gran noticia. Como vosotros
sabéis, en este quinto pabellón de la tercer ala de mi noveno palacio, se
hallan alojadas las personas más importantes de mi propiedad, que sois
vosotros. Pues bien, no conforme con tener aquí la belleza de la danza, (NORA
saluda) la ciencia, (el sabio saluda)
la fuerza (King Kong saluda) y el
arte (HAMLET adelanta un pie) he estado notando la falta de un
elemento que en verdad, puede ser la síntesis de todo esto. ¡El Deporte! Es
decir: La belleza de la danza, unida a la fuerza salvaje, la sagacidad del
sabio y el arte sutil del actor. Todo ello dado en una sola y única pieza. ¡El
Deportista! Os he reunido para anunciaros, que he adquirido un deportista de
primera línea. El famoso centroforward de un equipo de primera división. Deseo
que el recibimiento que le hagáis sea todo lo digno de su importancia. (A los mayordomos.) El portafolio (A los demás.) Quiero que al saludarlo,
lo hagáis con este estribillo que le hará sentir el recuerdo de los cánticos
populares. Fue recogido por los mejores antólogos, por encargo mío, en una
cancha de football. (Reparte unos
papelitos. Por la puerta de la sala irrumpen dos changadores trayendo una gran
caja de madera. En la parte de arriba dice: Ojo pies. En la parte, de abajo
dice: Parte de arriba. Y una inscripción: "Frágil", cruzando el
cajón. Mientras LUPUS se incorpora.)
¡Helo aqui! Tened cuidado que no se rompa nada. Entradlo. Subidlo y
desclavadlo. (Los changadores avanzan tímidamente con curiosidad y ayudados por
los mayordomos comienzan a desembalar a GARIBALDI.)
Cuidado con las roturas (Después de sacar estopa, paja de embalaje y algodón,
aparece GARIBALDI, viste ropa de
footballer y una pelota en la mano. Mira desconcertado y sin comprender. LUPUS hace una seña a NORA, King Kong, el PROFESOR y HAMLET.) iSaludad!
CORO. —
Celebremos que ha llegado GARIBALDI.
¡Pum!
GARIBALDI;
¡Pum!
GARIBALDI;
¡Pum!
Celebremos que ha llegado GARIBALDI;
¡Pum!
GARIBALDI ipum! ipum! ipum!
LUPUS. —
¡Bienvenido!
GARIBALDI (aturdido,
pestañeando). — ¿Y esto?
LUPUS. — ¡Es
nuestro saludo! Te presentaré a los aquí reunidos. NORA Rodrigova, estrella del ballet. (NORA hace un saludo y queda
mirándolo.) King Kong, Hombre mono (King
Kong saca pecho y muestra sus músculos.) PROFESOR von Westerhausen (El
PROFESOR le da la mano mientras
dice.):
PROFESOR. — PROFESOR Walter Egon Udo Hans Von
Westerhausen, Físico matemático.
LUPUS. — Y HAMLET, príncipe de Dinamarca (HAMLET
lo saluda.)
GARIBALDI (mira a
todos asombrado). —
Perdónenme... No comprendo bien...
LUPUS (casi al
oído. Amistosamente). —
Contéstales el saludo. Vamos... Di unas palabras.
GARIBALDI (sin tono).
— Unas palabras... ¡Ah, sí! (Reacciona mecánicamente como movido por un
resorte reflejo condicionado, sus ojos brillan, sus manos toman un micrófono
imaginario y lo sostienen.) Un saludo a la afición deportiva que tanto me
alienta con su aliento y especialmente a mi tía Dominga y a mi sobrinito
Cachín, que me estarán escuchando. Nada más y muchas gracias.
LUPUS (a los
demás). — Dejadnos solos ahora.
Tenemos que conversar. (Los despide con
un gesto y mutis de los citados.) Bueno... supongo que necesitas alguna
explicación (A los mayordomos.) Traed
cognac y cigarros (Salen.) Siéntate.
GARIBALDI. —
Discúlpeme. No comprendo bien lo que pasa. No entiendo esto. Usted me compró
pero no es de ningún club.
LUPUS. — Siéntate.
GARIBALDI (se
sienta). — Ahora yo no puedo
jugar más en el Nahuel. Usted ha pagado una barbaridad por comprarme, pero si
no me hace jugar no veo para qué. Yo no sirvo para otra cosa. Yo soy
centroforward. Una vez, cuando el San Esteban me quiso comprar, yo le dije al PRESIDENTE que antes me rompía una
pierna. Pero ahora es peor, ahora ni siquiera voy a poder jugar. ¿Quién es
usted? ¿Para qué me quiere?
LUPUS. — Es
lógico que no interpretes cuál ha sido tu maravillosa suerte (Entran los mayordomos trayendo cognac y
cigarros) Aquí está el cognac (Toma
una copa y da una a GARIBALDI)
¡Bebamos! (Bebe sólo LUPUS. GARIBALDI mira la
copa y la devuelve automáticamente.) Yo soy, Ennésimo LUPUS, magnate de las finanzas, la industria, el comercio y la
producción. PRESIDENTE de veintidós
directorios, dueño de ciento diez fábricas, ochenta estancias y cuarenta
palacios. Además, yacimientos minerales, petrolíferos y algunas ciudades. Tengo
policía propia y un ejército a mi disposición. ¡Soy el gran LUPUS! ¿Comprendes ahora?
GARIBALDI. — Sí,
eso lo entiendo. Pero todavía no sé para qué me compró.
LUPUS (ofreciendo).
— ¡Hombre! ¿Fumas?
GARIBALDI. — No.
Gracias.
LUPUS. — Te
compré, porque era el mejor centroforward del momento. Pagué un millón
setecientos mil pesos por ti, pero lo mismo hubiera pagado el doble. Tenía que
poseerte a cualquier precio y lo conseguí. ¿No adivinas por qué?
GARIBALDI. — No.
LUPUS. —
¡Soy coleccionista! Es mi hobby, mi pasión. Nadie puede compararse conmigo. He
desdeñado colecciones completas de ceniceros americanos, pipas de Turquía,
desodorantes a base de clorofila, etcétera, etcétera. En fin... ahora
colecciono seres vivos. Los mejores. La selección de cada cosa. Nada puede
negarse a mi capricho o fantasía. Los pabellones de este palacio son, como si
dijéramos, mis álbumes, mis vitrinas. Ahora en ellos estás tú. ¡Tú, el Gran
Centroforward! ¿No estás contento? (Ofreciendo.)
¿Fumas?
GARIBALDI (rechaza
con un gesto). — ¿Quiere decir
que todo el mundo va a venir a mirarme y dar vueltas alrededor como si yo fuera
un bicho raro? ¡Yo quiero jugar al football!
LUPUS. —
¡Vamos! ¡No digas simplezas! Yo no pienso mostrarte a nadie. Soy un verdadero
coleccionista. ¿Dónde has visto que un coleccionista muestre sus tesoros? ¡No!
Mi placer es mucho más sutil que todo eso. Lo hermoso, lo magnífico es ir por
la calle, pasearme y que la gente murmure a mi paso: ¡Ahí va LUPUS! ¿Quién? ¡LUPUS! Tiene la mejor colección de seres humanos. Tiene en sus
vitrinas una pieza única: ¡El Gran GARIBALDI!
Y todos te miran y te envidian (Pausa.)
¿De veras no estás contento? ¿Fumas? Tengo en este momento ochenta mil obreros
trabajando en mis fábricas. Sin embargo, toda mi vanidad se concentra en un
solo hombre excepcional: ¡Arístides GARIBALDI!
¡Un millón setecientos mil pesos!
GARIBALDI. —
¡Pero yo quiero jugar al football!
LUPUS. —
¡Vamos!... Aquí serás feliz. Tendrás de todo. Comidas abundantes, bebidas
excelentes. Libros. Revistas. Radio. Televisión. Todo... para darte los gustos.
Amigos... compañía...
GARIBALDI (animándose).
— ¿Y al Club...? Al Nahuel... ¿puedo
ir? ¿Y a ver a mi tía Dominga?
LUPUS (rascándose
la barbilla). — Pues... para eso
tendrías que salir... ¿Ves...? ¡Esa es la dificultad! El palacio tiene
murallas... guardias... retenes. Ninguno puede salir. Aquí dentro tendrás de
todo... (Pausa.) Tendrás que pasarte
sin tu club y sin tu tía DOMINGA.
GARIBALDI. —
Pero entonces estoy prisionero. ¡Entonces usted me ha secuestrado!
LUPUS. —
¿Secuestrado? ¿Prisionero?... ¡Vamos! Pago un millón setecientos mil pesos por
ti, te traigo a mi palacio, te ofrezco todos los placeres, la compañía de las
mejores piezas de mi colección, te digo que estoy orgulloso de ti, y sólo
porque no puedes visitar un club mugriento y una tía de lo más vulgar, te crees
prisionero. (Pausa.) Tendrás que
amoldarte a nuestro modo de vida (Marca
el mutis.) Bueno, ahora te dejo. Instálate cómodo. (Ofrece.) ¿Fumas
GARIBALDI. —
¡No! ¡Yo quiero irme! ¡Yo quiero mi libertad!
LUPUS. — ¿Tu
qué?
GARIBALDI. — ¡Mi
libertad!
LUPUS (saliendo). —
¡Hombre! ¡Lo que necesites! ¡Aquí hay de todo! ¡Pídele al mayordomo y él te lo
servirál (Mutis.) (GARIBALDI
queda en su sitio. Se sienta, enciende un cigarrillo y lo fuma a largas
bocanadas) (La luz desciende.)
VAGABUNDO. —
Cacho GARIBALDI se sintió atrapado
por una araña monstruosa cuyo mecanismo no conocía. Pensaba en su club, en el
ambiente donde había desarrollado su vida, en los amigos, en la tía, en la
multitud de las canchas. Todo esto estaba lejos. La primera sensación fue de
aturdimiento. Quedó largos días sumido en un sopor que le quitaba toda la
voluntad de vivir. En realidad, fuera de las otras piezas de la colección, le
era imposible comunicarse con nadie. Los mayordomos, lacayos y pajes parecían
sordos y mudos. Durante algún tiempo permaneció en sus habitaciones. Después,
el aburrimiento y la necesidad de hacer algo le llevó a pasearse por el salón donde
se reunían sus compañeros de cautiverio. (GARIBALDI se levanta y pasea lentamente
arriba y abajo. Por una puerta entra HAMLET,
caminando lentamente, monologando con aire ausente. GARIBALDI lo mira con algún temor y queda a la expectativa.)
HAMLET (caminando). —
Destino. Sutil paradoja. El entendimiento se agota sin consumirse en ella. ¿Es
el destino del dardo llegar al blanco? Entonces el blanco es la muerte del
dardo. Meditar. Conservar el impulso. Postergar la muerte. Vivir es una
antesala del destino. Una extraña agitación que pierde su sentido cuando se
cumple a sí misma. Vivir es meditar. Meditar es postergar, indefinir, perdurar
en el aire con vuelo de flecha lanzada hacia el vacío. (Pausa.) Meditemos, pues. Rondémonos a nosotros mismos. Montemos
guardia sobre este montón de escorias palpitantes cuyo reposo deseamos y no
deseamos a la vez. (Mira extrañado a GARIBALDI.) ¡Ah! ¡Nuestro
extranjero! (A GARIBALDI.) ¿Eres honesto?
GARIBALDI. —
¿Qué?
HAMLET. —
Perdóname. No debí preguntarte así. Corren tiempos extraños para que la
honestidad se encuentre por doquier repartida. Debí preguntarte otra cosa más
en concierto con el mundo. (Le pregunta
con malicia.) ¿Eres hábil?
GARIBALDI. —
Y... En el football sí. ¡Soy bastante hábil!
HAMLET. —
¡Football! ¡Extraña palabra esa! Suena a mis oídos como una voz extranjera cuyo
significado no alcanzo. Seguramente no es palabra dinamarquesa. ¿Qué es
football?
GARIBALDI (extrañado). —
¿No sabe lo que es el football?
HAMLET (tonante). —
¿Sabes tú lo que es el Hébenon? Seguramente lo ignoras. Pues ahí tienes. Yo no
sé lo que es football. Y en cuanto al Hébenon, también tengo mis dudas. Se
supone que es un veneno que figura en la escena quinta del acto primero de mi
historia. Pero sólo se dice Hébenon en las dos ediciones in folio. En la
edición inquarto se dice Hébona. ¡Vaya uno a saber! La mayoría supone que debe
decirse Hémbame, que quiere decir beleño, aunque comentaristas como Onions
suponen que es Hébon, basándose en la obra de Marlowe, mientras la revista
"Modern Language Review”, de julio de 1920, dice que es el Guayaco o
Lignum Vitae. De modo que ya ves. Cada uno con su ignorancia y así se puede
vivir entre hombres y tenerse mutuo respeto. Y ahora, explicame, extranjero,
¿qué es football?
GARIBALDI. —
Pues el football es un juego. Consiste en correr con una pelota y meterla en un
arco defendido por los contrarios. Juegan once contra once.
HAMLET (pensativo). —
Comprendo. ¿Y… tú hacías eso?
GARIBALDI. — Sí,
siempre. Es mi especialidad.
HAMLET. —
Creo entenderte. ¿Y... para que lo hacías?
GARIBALDI (cortado). —
Y... para nada... Es el deporte. A la gente le gusta. Es el deporte del pueblo.
Cientos de miles de personas enloquecen por él.
HAMLET. — Si
tú dices que a la gente le gusta, deben haber cambiado mucho los tiempos. Yo
podría concebir un torneo, un juego, pero sólo como preparación para el
combate. Pero tú dices que juegas porque sí, por el solo hecho de jugar. ¡Eso!
¡El deporte! Te entregas a la acción sin un propósito. (Rie.) ¿Sabes que tú eres el anti-HAMLET?
GARIBALDI. —
Y... Si usted lo dice...
HAMLET. —
Eso. La acción inútil. Ya vendrá Fortimbrás a comprenderte. Ya llegará la
acción. Pero para ese entonces, HAMLET
ya no existirá. Sus dudas se habrán acabado. HAMLET será la sombra que vengo a una sombra. Yo sólo mataré a mi
tío cuando mi propia muerte este decretada en el veneno de Laertes. Cuando yo
sepa cumplir mi destino, entonces muero. Me realizo. Soy. (Pausa.) Es una interpretación más de mi caso. No te preocupes. Así
que... ¿once contra once? Y los cientos de miles... de personas, ¿qué hacen?
GARIBALDI. —
Miran...
HAMLET. —
¡He ahí un deporte popular!
GARIBALDI. —
Discúlpeme. Pero usted me fue presentado como el arte supremo. ¿Usted, actúa?
HAMLET. — Tiene muchos sentidos tu pregunta. Yo no actúo.
Dilato, medito, postergo. Soy una flecha lanzada hacia un blanco. Mi desinto es
la acción, pero sólo al final de la trayectoria. Por ahora todo es postergación
(Saca la daga.) Supónte, por ejemplo,
que yo haya sido creado para darte muerte con esta daga (Comienza a caminar con la daga dirigida a GARIBALDI.) Suponte que mi vida no tuviera otro sentido que
éste. (GARIBALDI comienza a retroceder) Una vez cumplido mi destino,
el resto sería inútil y despreciable. Entonces... (Marca un golpe.) Medito, dudo, vacilo, prolongo. (Lo arrincona y le apunta con la daga.)
Tu muerte sería la mía. Conjugación de sombras para dar satisfacción a otra
sombra mayor que así lo quiere. (Marca un
golpe tremendo.) ¡Es el destino! Es la solución de la paradoja. Es... (GARIBALDI lo mira espantado y grita.)
GARIBALDI. —
¡Ahhhhh! (HAMLET envaina y lanza una
carcajada.)
HAMLET. — No
te alarmes. Odio la acción. Yo sólo subsisto mientras puedo dilatar este
presente meditativo. ¿Comprendes? (Sale cruzándose con el PROFESOR y NORA que
entran corriendo.).
PROFESOR. — ¿Qué ha pasado aquí?
NORA. —
¿Se han peleado ustedes?
GARIBALDI. —
¿Quién es ese loco?
PROFESOR. — No
es loco. Sabe perfectamente lo que hace.
GARIBALDI. —
Pero me atacó con una daga.
PROFESOR. —
Algún mal entendido, seguramente. Usted no ha leído a Shakespeare.
GARIBALDI (desconcertado).
— ¿Y me quería matar por eso?
PROFESOR. —
¡No, hombre! Es un simple juego. Eso forma parte de la personalidad de HAMLET.
GARIBALDI. —
Pero en definitiva, ¿quién es?
HAMLET (desde dentro). — ¡HAMLET por la gracia
de Dios y Huérfano por la de mi tío!
NORA. — Es
una pieza más de la colección. Como nosotros.
PROFESOR. —
Eso es. Era actor. Integraba una de esas compañías que recorren provincias.
Pero parece que era un gran intérprete de Shakespeare. El señor LUPUS lo vio actuar cuando su compañía
vino a la ciudad y se entusiasmó. Con doscientos mil pesos en efectivo, logró
que el empresario le cediera a HAMLET
con traje, daga y calavera. Desde entonces figura en la colección. Ah, también
vino encajonado, ¿comprende?
GARIBALDI. — Sí,
algo voy comprendiendo. ¡Aunque todo esto me resulta tan raro...! No veo por
qué tuvo que actuar conmigo. Está bien que sea un actor, pero esto no es un
teatro.
PROFESOR. —
Sí, esto no es un teatro.
NORA (sonrie). —
Comprendo que debemos parecerle a usted. Pero ya se acostumbrará. Lo que ocurre
es que el señor LUPUS compró a HAMLET. No compró ni un actor ni un
hombre de carne y hueso. Compró sencillamente un personaje. Y ahora tiene que
ser HAMLET todo el día. Vivir,
respirar, actuar, comer y dormir como el clásico Príncipe de Dinamarca.
GARIBALDI (luego de
una pausa, con cierta timidez). —
¿Y... ustedes?
NORA. —
Todos estamos aquí por una razón parecida. Yo era...
PROFESOR. —
...NORA fue la alumna más brillante
de la gran Tomanova. A los dieciocho años era ya primera bailarina del Teatro
Coliseo. El empresario aseguró sus piernas en dos millones de pesos. Imagínese,
dieciocho años. ¡Toda una promesa!
GARIBALDI. —¿Y
qué le pasó?
NORA. —
Nada. En un ensayo tropecé con el puntero y me hice un raspón en la rodilla.
Nada de importancia. Se curó solo. Pero el empresario andaba en dificultades.
Necesitaba dinero. Entonces, quiso reclamar al seguro. Al principio, la
compañía de seguros no quería saber nada ni pagarle y como el empresario
insistía, apareció el señor LUPUS,
que es el PRESIDENTE del Directorio
de la compañía, y pagó los dos millones de pesos. Pero exigió... que las
piernas se las llevaran a su casa. (Sonrie.)
Y a mí me trajeron con ellas.
GARIBALDI (la mira).
— ¿Y no bailó más?
NORA. — A
veces bailo. A solas. Escondida. El señor LUPUS
no quiere que baile. Dice que podría lastimarme de veras. Además, cree que el
ballet deforma las pantorrillas. Sólo me deja dar unos pasos cuando viene algún
visitante distinguido.
GARIBALDI (iluminado).
— ¿Es que vienen visitas?
NORA. —
Solamente turistas.
GARIBALDI. (un poco
decepcionado. Él pensaba en sus amigos).
— ¡Ah! ¿Y pagó... dos millones de
pesos por sus piernas? ¡Qué enormidad!
NORA (con picardía).
— ¿No estará celoso porque pagó más
por mis piernas que por las suyas?
GARIBALDI. — No.
No es eso. ¿Pero qué quiere? Un millón setecientos mil pesos por no dejarme
jugar más a mí. Dos millones de pesos por no dejarla bailar más a usted. Es un
modo bien raro de gastar la plata.
PROFESOR. — Lo
que es plata, tiene de sobra. Además, no siempre paga tanto. Por King Kong pagó
tan sólo trescientos pesos.
GARIBALDI. — ¿Nada
más? ¿Y qué era? ¿Artista de circo?
NORA. —
Artista precisamente no. Trabajaba de hombre mono. En esa época era mucho más
velludo. Cuando se fundió el circo, figuraba en el inventario como mono
amaestrado. LUPUS lo compró y lo
trajo aquí. Ahora que, visto de cerca, más bien parece un hombre. Bueno... no
estamos muy seguros.
GARIBALDI. — Sí,
ya veo. (Al PROFESOR). ¿Y el señor? Usted será algún personaje famoso
también.
PROFESOR. —
No. Yo sólo soy un humilde hombre de ciencia. Estudié algunas cuestiones que
después se pusieron muy de moda. Yo trabajaba tranquilamente pero me empezó a
molestar una brutal acidez de estómago. Llegó un momento en que creí morirme.
Lo único que me calmaba era un compuesto de bismuto muy difícil de conseguir en
plaza. El señor LUPUS me quiso
comprar, y como yo me negué, acaparó todo el bismuto que había en la ciudad. No
tuve más remedio que venir a la colección. (Con
tristeza.) Fíjese en el catálogo. Allí figura: "PROFESOR Walter Egon Udo Hans Von Westerhausen, físico matemático.
Sabe hacer bombas atómicas".
GARIBALDI. —
¿Qué? ¿Usted hace bombas atómicas?
PROFESOR, —
No. Yo sólo conozco las fórmulas y las ecuaciones. Nunca serví para el
laboratorio porque soy un poco distraído. Aunque claro... para entretenerme, a
veces, hago alguna cosita en mi habitación. Oh, nada de importancia. (Saca del bolsillo una especie de huevo.)
Vea, ésta es una pequeña bomba de nitro pentato cirenaico de telenene. Un
descubrimiento mío. A la media hora de estar expuesta a la temperatura
ambiente, explota y es capaz de hacer volar una ciudad entera. ¡Debe
conservarse siempre en la heladera a cuatro grados bajo cero!
GARIBALDI. — ¿Y
cómo la tiene así?
PROFESOR. —
¡Ah! ¡Es cierto! Tiene razón. La tenía en la mano cuando usted gritó y... (Marca el mutis.) ¡Permiso! (Sale corriendo.).
NORA (riendo).
— No se alarme, el PROFESOR es demasiado distraído.
Seguramente esa bomba está vacía y él cree que la llenó. Aunque un día de estos
puede suceder cualquier cosa. (Pausa.)
A usted le debemos parecer todos locos, ¿no?
GARIBALDI. — No.
Yo no diría eso, señorita. Sólo que...
NORA. — Un
poquito raros...
GARIBALDI. — No.
No es eso. Yo no sabría entenderlos porque nunca traté con artistas como usted
o el señor HAMLET. Ni con sabios
como el PROFESOR. Ni siquiera con
monos... Lo que me llama la atención es esa resignación, esa normalidad con que
ustedes aceptan vivir aquí dentro. Sin salir, sin ver gentes... Como
prisioneros.
NORA. — HAMLET decía los otros días,
monologando, como él lo hace siempre: "Es atributo de los poderosos
adquirir el arte, la ciencia, y llevarlos a sus palacios. Cuando el genio no
florece espontáneamente en las cortes, se lo adquiere fuera, se lo trae de
lejanas tierras como una exquisita mercancía para el consumo del alma". (Pausa.) Nosotros... nada podemos hacer.
Yo, por lo menos, no sabría dónde ir. No tengo familia, ni dinero. Claro, aquí,
en realidad, una chica como yo tiene poco que hacer. (Pausa.) Yo había soñado una vida distinta, llena de fantasía, de
luz, de música. Tenía derecho a todo eso. Al amor también. Y aquí estoy sola.
Ni HAMLET ni King Kong pueden
ayudarme. Y en cuanto al PROFESOR...
a veces tengo ganas de pedirle que me haga una bomba bien grande y entonces... (Pausa.) Usted va a extrañar mucho
también.
GARIBALDI (obstinado). —
¡No! Yo no voy a poder acostumbrarme. Yo me voy a escapar de aquí. Ya lo he
pensado. Yo soy libre. Yo quiero vivir mi vida, estar con mis gentes, jugar al
football. Yo no sirvo para este encierro. Hace poco que estoy aquí y ya me
ahogo.
NORA. — El
señor LUPUS es muy poderoso. Tiene
guardias en todas partes. Las paredes son gruesas... Hay rejas... ¡Yo lo
comprendo tanto a usted! (Tierna.)
¿No se enoja si le digo algo?
GARIBALDI. —
Diga, señorita.
NORA. —
Usted me parece un canario preso en una jaula. (Entra HAMLET seguido por
King Kong. HAMLET camina meditativo
y King Kong detrás imitándole. HAMLET
se vuelve visiblemente molesto hacia King Kong que le sonríe. Entra un paje que
interrumpe.)
PAJE. — La
señorita NORA Rodrigova y HAMLET, Principe de Dinamarca, deben
presentarse en el salón de exhibiciones para ser mostrados a un grupo de
turistas visitantes del palacio.
HAMLET. —
¡Testigos! ¿Es eso útil? ¿Hay testigos de las bajezas? No. ¡Ellas se cometen en
la sombra! ¿Hay testigos de las intenciones? No. Las intenciones todavía
aguardan una apariencia material. (A NORA.) Ven, pequeña. Vamos a
mostrar la cáscara y ocultar el fruto.
NORA (alisándose
el pelo). — Estoy un poquito nerviosa. (A
GARIBALDI.) Discúlpeme un
momento. Es el único público que me queda. Siempre es emocionante. (Marca el mutis.)
HAMLET (tomándola
de la mano). — Ofelia era como tú. Y la mandé a un
convento. (Salen los dos.)
GARIBALDI (queda
mirando donde salieron. Luego vuelve la vista a King Kong que le sonríe
tontamente). — ¡Quedaste vos
solo! (Se le acerca.) Y vos, ¿estás
contento aquí? (Pausa.) ¿No te
gustaría una buena palmera al aire libre? ¿Y una mona?... (Pausa.) ¡Vos podrías sacarme de aquí! ¡Por los árboles! ¡Como
Tarzán! Me llevarías a saltos, debajo del brazo, como un paquete. (Pausa.) ¿Me comprendés? Ser libre... Yo
quiero salir a la calle, volver a ver a los muchachos del Club, mi tía DOMINGA… Si vos quisieras... (Lo mira insinuante. King Kong, que ha
respondido con brillo en los ojos y sonrisa iluminada, se pone repentinamente
serio y triste y mira un punto fijo en el suelo. Tal vez el recuerdo de las
varias veces que quiso escapar tirándose contra las gruesas rejas de las
ventanas. De pronto se levanta y se lanza hacia el mutis con gesto de rabia
impotente.) ¿No? ¿No querés llevarme saltando, por los aires? (GARIBALDI
queda mirando el sitio donde salió King Kong y luego, lentamente, cae sobre una
tarima con la cabeza tomada entre las manos. La luz decrece y sólo un hilo
brillante le hiere la cabeza. Comienza a oírse un coro fantasmal, sordo y
obsesivo.)
CORO. —¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI, pum! GARIBALDI,
pum! (Se ilumina en un ángulo cualquiera,
una tribuna atiborrada de hinchas. Todos corean.) ¡GARIBALDI, pum! ¡GARIBALDI,
pum!
UNO. —
¡Dale, morfón! ¡Pasala!
OTRO. — ¡Arriba! ¡Pateala ahora! ¡Dale!
OTRO. —
¡Rompelo! ¡Matalo!
OTRO. —¡Che,
referí! ¡Devolvé las Malvinas!
OTRO. — iNo
viste que era foul, atorrante!
OTRO. —
¡Qué foul! ¡Era una patada en la canilla!
VENDEDOR (cruzando). — Sorocabana. Café, café, café.
VENDEDOR II (en
sentido inverso). — ¡La de veinte a diez! ¡La de dos a un
peso! Se acaban, se acaban. ¡Refrescan la boca, evitan los buenos deseos de
fumar! (Gritería. Sobre el coro de
"¡GARIBALDI, pum!” se apaga la
luz y se hace súbito silencio. Por una perspectiva lejana avanza la tía Dominga
con un mate en la· mano.)
GARIBALDI. —
Cacho! ¡Estás triste, muchacho! ¿Qué te pasa? No querés contarle a tu tía
Dominga qué te pasa? ¡Tomá! ¡Tomá un mate! (Tiende
el mate pero la luz se apaga. Un rayo de luz ilumina en otra parte una jaula
con un canario que empieza a cantar. Pero se apaga y silencia mientras se oyen
los compases de un tango y una pareja cruza bailando por la escena. Aparece un
pibe con una pelota.)
PIBE. —
¡Van veinticinco minutos de juego! Avanza el equipo de Rivera. Tira. Gran
atajada del arquero. Devuelve la pelota, la toma GARIBALDI. Avanza y tira violentamente y... (Advierte a GARIBALDI.)
iCacho! ¿Qué hacés aquí? ¿Por qué estás triste? ¿No jugás más los domingos?
¿Por qué? ¡Qué sonso! ¡Era tan lindo verte jugar en el Nahuel! ¿Te acordás,
Cacho, cuando jugabas en el Nahuel? (Marca
el mutis.) ¿No vas a jugar más? ¡Qué lástimal (Camina lentamente con la pelota. Antes de salir se vuelve.)
¡Cacho! (Mutis mientras entra NORA girando al compás de un vals clásico
en torno a GARIBALDI y desaparece.
Entra el PROFESOR apresuradamente
con una bomba de mecha encendida y se la coloca en las manos a GARIBALDI.)
PROFESOR. —
¿Quiere tenerme esto, por favor? Es un compuestito de
fenilisopropilbutaratricene paranoico del benzol. (Ríe.) ¡Muy explosivo! (Le
quita la bomba.) ¡No se preocupe, sólo explota en presencia del odio! (Mutis apresurado cruzándose con la imagen
de HAMLET que desde algún lado se
ilumina).
HAMLET. —
iSabes tú lo que es offside! Seguramente lo ignoras. La revista "Caras y
Caretas", de julio de 1920, decía que... (Se apaga su imagen y canta el canario a obscuras. Desde el fondo
avanza el Oficial de Justicia.)
OFICIAL. —
¡Vendido, rematado, dado, sellado y firmado! Si dentro de cuarenta y ocho horas
el Nahuel Athletic Club... ¡Ut supra! Yo soy hincha de Nahuel. ¡Fuera de aquí,
atorrante! (Salta y mutis como recibiendo
un puntapié. Entra el Rematador.)
REMATADOR. —
¡Uno cincuenta! ¡Uno cincuenta! ¡Dos pesos! ¡Dos pesos! ¡Vamos, señores!
¡Fíjense que estampa! ¡Miren qué corazón! ¡Un corazón único! ¡Contiene
nitropentato cirenaico de telenene! ¡Dos pesos! ¡Tres pesos! ¡Tres pesos el
kilo y vendo! (Mutis y sigue rematando
fuera hasta que su voz se pierde. Entra LUPUS
vestido de dueño de circo, con galera y látigo que restalla).
LUPUS. —
¡Hala! ¡Ea! ¡Y ahora, señoras turistas, vengan a ver el fenómeno del gol!
(Entran cuatro Turistas extranjeras que, al compás de una música de cajita de
música, dan una vuelta en torno a GARIBALDI
murmurando y suspirando arrobadas.)
UNA TURISTA (marcado
acento inglés, a LUPUS). — ¿Cuánto quiere por el transferencio?
LUPUS (restalla
el látigo). — ¡Hala! (Las Turistas desfilan y mutis lleno de
suspiros). ¡Vamos! Les mostraré los dos taximetreros recién importados de
España. ¡Verán qué maravilla! (Salen con
chasquidos de látigo.)
DOMINGA (desde
otra perspectiva, llamando). —
¡Cacho! ¡Cacho! (Hay un remolino de
coros, silbatos de referee, gritos de cancha, latigazos de LUPUS, músicas diversas. Todo junto y en sombras. GARIBALDI lanza un enorme sollozo que
barre con los ruidos y las sombras. Se hace un silencio. La luz vuelve a la
normal. Entra NORA.)
NORA (acercándose,
extrañadísima, muy tierna). —
¡Cacho! ¿Qué le pasa? ¡Está llorando...!
TELÓN
ACTO TERCERO
Mismo decorado de la escena
anterior. Al iniciarse la acción, el VAGABUNDO
surge a telón cerrado. Revisa apresuradamente en el cuaderno. Habla al público.
VAGABUNDO. —
¿Dónde estábamos? (Revisa.) ¡Ah, sí!
¡Continuemos...! (Se alza el telón y entra HAMLET
en actitud meditativa, paseándose. Detrás suyo con una pelota de football y con
pasos que son burla de los de HAMLET,
entra King Kong. HAMLET camina como
si no hubiera advertido a King Kong, Luego se recuesta en el trono. King Kong,
imitándolo muy divertido, se sienta en el suelo. HAMLET lo mira de pronto con infinito gesto de burlón reproche. Le
hace señas que se acerque un poco. King Kong lo hace sin levantarse. HAMLET lo mira.)
HAMLET (a King Kong y a sí mismo). —
|
To
be, or not to be: that is the question:
Whether
'tis nobler in the mind to suffer
the
slings and arrows of outrageous fortune,
Or
to take arms against a sea of troubles,
and
by opposing end them. To die: to sleep;
No
more; and by a sleep to say we end
the
heart-ache, and the thousand natural shocks
That
flesh is heir to, 'tis a consummation
devoutly
to be wish'd. To die, to sleep;
To
sleep: perchance to dream...
|
Ser
o no ser. Esa es la cuestión
¿Qué
es más noble? ¿Permanecer impasible
ante
los avatares de una fortuna adversa o
afrontar
los peligros de un turbulento mar
y,
desafiándolos, terminar con todo de una vez? Morir es... dormir... Nada más.
Y
durmiendo se acaban la ansiedad y la angustia y los miles de padecimientos de
que son herederos nuestros míseros cuerpos. Es una deseable consumación:
Morir... dormir... dormir... tal vez soñar.
|
(Mira con infinito gesto de burla y
conmiseración a King Kong, se incorpora y camina hacia el mutis. Se detiene.) ¡Otros... te ofrecen la libertad! ¡Yo sólo te
pido que comprendas...! (Sale. King Kong
queda aturdido en su sitio. Entra GARIBALDI
y King Kong le mira y hace saltar la pelota de football en su mano, GARIBALDI le hace señas que le tire la
pelota. King Kong se la arroja. GARIBALDI,
muy contento, la devuelve y espera el juego. Pero King Kong da media vuelta con
la pelota y se va. GARIBALDI queda
con las manos extendidas. Después hace un gesto lento de impotencia y
resignación y se sienta apesadumbrado, mirando: un punto fijo en el piso. NORA, en puntas de pie, se acerca por
detrás, sin ruido, y le pone una mano en el hombro.)
NORA. —
¿Nostalgias, Cacho?
GARIBALDI. —
¡Qué sé yo! No me haga caso. ¡Yo no voy a poder quedarme aquí!
NORA. —
¡Yo lo comprendo tanto, Cacho...!
GARIBALDI. — No.
Usted se resigna. Me lo dijo antes. A usted no le importó que la miren como un
bicho raro esas turistas.
NORA. —
¡Oh! No lo crea así, Cacho. Cuando fui a la sala de exhibición, estuve a punto
de ponerme a llorar. Usted ha despertado en mí una rebeldía que ya no me
abandona. Será porque usted es fuerte. (Pausa.)
Hasta hace poco no quería ni pensar en salir de aquí. Me preocupaba un techo y
un plato donde comer.
GARIBALDI. — ¿Y
ahora?
NORA Ahora ya no me preocupa. No sé, me parece que
eso no es lo importante...
GARIBALDI (en un
arranque). — Venga conmigo. ¡Huiremos juntos!
NORA (extrañamente
conmovida). — ¿Huir? ¿Nosotros? (Pausa) ¡Oh! ¡Eso es una locura! ¿Cómo
saldríamos?
GARIBALDI. — Yo
buscaré la manera. Pero le juro que desde este momento no pensaré en otra cosa.
Ya he soportado demasiado. Me han dolido hasta los recuerdos más
insignificantes. He aprendido más de la vida en estos días que en todos los
años vividos hasta ahora. Y he aprendido que solamente libre vale la pena la
vida. (Pausa.) Hay que preparar la
huida, señorita NORA. (Se acerca a ella.)
NORA. —
¡Pero este palacio es una fortaleza!
GARIBALDI. — ¡Yo
lo derrumbaré!
NORA (entusiasmada). —
Sí, Cacho. ¡Usted lo derrumbará! ¡Usted es tan fuerte! (Pausa.) Luego tenemos que pensar dónde nos ocultaremos.
GARIBALDI. — Yo
vivo con mi tía. Ella nos dará refugio.
NORA. —
¿Aquí? ¡En la ciudad! ¡Oh, nos encontrarían!
GARIBALDI. — No
importa donde sea. Buscaríamos un pueblito lejano. (Pausa.) ¡Iríamos juntos, NORA!
NORA. —
¡Esto es un sueño, Cacho! ¿Y qué haríamos los dos, sin amigos, ocultos en un
pueblito perdido?
GARIBALDI. — Yo
puedo trabajar. Puedo emplearme de entrenador, de masajista, de cualquier cosa.
NORA. — Y
yo podría dar lecciones en casa. Tendríamos una casita chiquita, como una
cabaña de troncos. Poquitos muebles. Una estufa, una victrola. También habría
una alfombra y un sillón, para que Cacho descanse junto al fuego cuando vuelva
del trabajo. Yo bailaría para él solo.
GARIBALDI. — ¡Y
seríamos libres!
NORA. — ¡Y
felices!
GARIBALDI. —
¡Los dos! (Pausa. Se toman las manos en
pleno descubrimiento.) ¡NORA!
NORA (acercándose). —
¡Cacho! Esto quiere decir que...
GARIBALDI (abrazándola). —
Sí... (Van a besarse cuando una terrible
explosión se oye adentro. Los dos se separan. Entra el PROFESOR con la cara tiznada, las ropas destrozadas, el pelo
revuelto y saliéndole humo por un bolsillo.)
PROFESOR. — ¿No
han visto ustedes mis anteojos?
GARIBALDI. —
¿Qué le pasó, PROFESOR?
PROFESOR. —
Como estaba tan oscuro en mi habitación, para buscar mis anteojos quise
encender el mechero de gas y le acerqué un fosforito. Parece que no era el
mechero. Ha volado toda la pared del cuarto. (Encuentra sus anteojos entre sus ropas.) ¡Ah, aquí están! Iré a
ver realmente qué ocurrió. (Mutis. Entra HAMLET.)
HAMLET. — Y
que el timbal anuncie al clarín, el clarín al artillero lejano, el cañón a los
cielos y los cielos a la tierra. (Pausa.)
Conmociones graves agitan al mundo en estos tiempos. Vuelan fortalezas, se
derrumban castillos. Sólo el mal y la insidia aún permanecen apoyados en
columnas sutiles de un mármol impalpable. (A
GARIBALDI.) A propósito,
gladiador, creo que he visto algo de tu famoso football.
GARIBALDI. — ¿Vio
jugar al football? ¿Dónde?
HAMLET. — En
la calle. Supongo que sería ese football que tú me describías..
NORA. —
Pero usted no pudo ver la calle, Príncipe. Desde este pabellón no se puede ver
la calle. No hay ventanas ni balcones.
HAMLET. —
Pero hay una pared entera derrumbada por la máquina demoníaca que ha explotado
nuestro nigromante alquimista. (Marca el
mutis.) Alquimia explosiva harto molesta por cierto. (Mutis.)
GARIBALDI (corre
hacia NORA). — ¡La calle! ¿Has
oído, NORA?
NORA. —
Por allí huiremos, Cacho. ¡Nuestro sueño está próximo!
GARIBALDI (la toma
en sus brazos). — Y yo te juro que seremos felices.
NORA (como en
un sueño). — Esta noche...
GARIBALDI. —
Cuando todos duerman.
NORA. —
Sin ruido, tú y yo...
GARIBALDI. —
Huiremos. (Entra LUPUS y aplaude.)
LUPUS. —
¡Bravo! ¡Bravísimo! Bis... Bis...
NORA (asustada). —
Señor LUPUS, nosotros... (GARIBALDI
lo mira con cierto desafío.)
LUPUS. —
¡Oh! ¡No me disgusta! ¡Al contrario! ¡Imaginaos! ¡Formidable! ¡Una fortuna! ¡La
bailarina y el centroforward, los dos en una pieza única! ¡Qué feliz me hacéis!
¡Qué feliz! Vendrán fotógrafos de todas las revistas. Tomaremos vistas de
televisión. Anunciaré la noticia en todo el mundo. Una noticia única. ¡La
bailarina y el centroforward! Habrá que corregir el catálogo. ¡A ver!
¡Abrazaos!
GARIBALDI. —
Pero eso no está bien. Es algo nuestro.
NORA. —
¿Por qué no? (Bajo a GARIBALDI.) — Esta
noche, la calle. No lo olvides.
GARIBALDI. —
Como usted diga, señor LUPUS. (Se abrazan.)
LUPUS (los mira
arrobado. Luego da un respingo).
— ¡Alto! ¡Tengo una idea genial!
¡Magnífica! ¡Digna del talento del gran LUPUS!
¡Oíd! (Se instala en su trono.) Desde
hace algún tiempo, a pesar de las satisfacciones que me brinda la colección, no
estoy contento. La colección es inmejorable, aunque el PROFESOR me haya derrumbado una pared. Pero estoy un poco cansado
de toda esa esterilidad filatélica. Y entonces, he aquí que vosotros os
enamoráis. Es lógico que el genio de LUPUS
recoja la idea al vuelo. (Pausa
expectante.) ¡Una cabaña! ¡Tendré una cabaña!
NORA (sin
entender). — ¿Una cabaña?
LUPUS. —
Exactamente. Un vivero, un criadero. ¡Una cabaña! Vosotros dos seréis mis
planteles. Una bailarina y un deportista. ¿Os imagináis los hijos que vais a
tener? ¡Qué armonía de movimientos, qué belleza de líneas, qué fuerza, qué
vigor en el desplazamiento! Veo los anuncios luminosos en toda la ciudad.
Aviones a chorro escribiendo mi nombre en el cielo azul. (Marca en el aire.) ¡Cabaña LUPUS!
Ejemplares humanos selectos. Puros, puros por cruza, ¡alta mestización! ¡Sacaré
precios fabulosos en el mercado!
GARIBALDI. —
¡Oiga!
NORA (deteniéndolo). —
Déjalo, esta noche huiremos de aquí.
GARIBALDI. — Es
una idea muy curiosa.
LUPUS. —
Digna de mí. El PROFESOR enseñará
ciencias a toda la producción. HAMLET,
modales y King Kong, ejercicios. Este ala del palacio se transformará en
cabaña. Compraré otros planteles; pianistas con dactilógrafas, poetisas con
contadores públicos, cirujanos con violinistas, calígrafas con médicos. ¡De
todo! Aprovechando el derrumbamiento de la pared, empezaré las modificaciones
necesarias. A vosotros os trasladaré al pabellón tercero.
NORA. — ¿Trasladarnos?
GARIBALDI. —
¿Sacarnos de aquí?
LUPUS. —
Claro. Este pabellón tiene una pared derrumbada que comunica con la calle. Eso
es muy... insalubre. Iréis al centro del palacio, lejos de toda contaminación
con el aire de la calle…
NORA. — Este... bueno... Mañana mismo nos mudaremos...
GARIBALDI. — Si,
mañana.
LUPUS. —
¿Mañana? No. Hoy. Ahora mismo. No quiero correr riesgos. NORA, tú irás primero. Eres mujer y ese privilegio te corresponde. (Toca un timbre. Entran dos lacayos.)
Acompañen a la señorita Rodrigova al pabellón tercero y que elija sus
aposentos.
GARIBALDI (cortante). —
¡No te muevas, NORA!
LUPUS. —
¿Cómo?
GARIBALDI. —
¡Que NORA no se mueve de aquí!
LUPUS. —
¿Qué? ¿Te rebelas? ¿Sabes tú lo que significa aquí una rebelión? ¡Lacayos!
¡Llévenla!
NORA (atemorizada). —
No te arriesgues, Cacho. De todos modos estaremos juntos. Tengo miedo por ti...
GARIBALDI. — Yo
no tengo miedo.
LUPUS. — Los
dos son una misma pieza. El castigo alcanzará a los dos. Es tu última
oportunidad, rebelde. (A los lacayos.)
¡Llévenla!
GARIBALDI (baja la
cabeza). — ¡Haga lo que quiera!
(A NORA.) ¡Estaremos juntos, NORA, y algo sucederá! (Sale NORA
lentamente, guiada por los lacayos.)
LUPUS. — ¿Pero
qué clase de rebelión es esta? ¡Aquí el único que da órdenes soy yo: LUPUS!
GARIBALDI (sordo).
— No sobre NORA.
LUPUS. —
¿Por qué no?
GARIBALDI. —
¡Porque NORA es mía!
LUPUS. —
iMía! La pagué dos millones de pesos. Y hago con ella lo que quiero. (Pausa.) Y pensar que casi cometo el
desatino de unirla contigo. ¡Con un rebelde! Hubieran tenido cría de
extremistas. ¡Qué horror! Tú, no estarás en mi cabaña. Te degrado de la
colección. Irás al pabellón cuarto, al club de los vegetarianos. Allí comerás
espinacas a coro y aprenderás a amoldarte a nuestro modo de vida. No más
rebeldías que las previstas y controladas. (Pausa.)
Suerte que lo vi a tiempo. No verás más a NORA.
La cabaña se hará lo mismo. ¡Pero con NORA
y King Kong! Será mejor el resultado. La bella y la bestia todo junto. Y con
King Kong no tendré problemas. Me bastará con ponerlo frente a NORA y gritarle: ¡Chúmbale! ¡Chúmbale! (GARIBALDI
avanza sobre él. Un ruido sordo de multitud corea GARIBALDI pum. A lo lejos se
oye el delirante final del relato de un gol por Lalo Pelliciari. Se oyen
sirenas, pitos, matracas. GARIBALDI
toma el cuello de LUPUS y lo oprime.
Cuando LUPUS se deshace en sus manos
los ruidos callan y se hace un silencio cruel. La luz cae hasta la oscuridad y
el VAGABUNDO enciende un cigarrillo.)
VAGABUNDO. —
¡Bravo! ¡Bravísimo! (Pausa.) Bueno,
más o menos estos fueron los hechos principales de la historia. Lo demás es
fácil de prever. Ocurre siempre cuando un muchacho sencillo, acorralado y a
zarpazos, toma sobre sí una tarea que sólo pueden realizar multitudes enteras. (Entran cuatro detectives clásicos: pipa,
lupa, traje a cuadros y marcada entonación británica. Recorren la escena
deteniéndose a cada instante y mirándose)
CORO. —
Friou, friou (Caminan.) Friou, tibia,
tibiou. (Se van reuniendo en un ángulo
junto a una salida.) ¡Caliente! ¡Caliente! ¡Se quema! ¡Se quema! (Toman a GARIBALDI fuera y lo cruzan por la escena.) ¡Se quemou, se
quemou, se quemou!
VAGABUNDO (muy
lentamente). — ¡Se quemó! Luego, un juicio inútil,
donde abogados, fiscales y jueces graznaron como cuervos en torno a GARIBALDI. (Entran tres Jueces Cuervos,
vestidos de toga negra, birrete doctoral y largos picos.)
JUEZ CUERVO (al Fiscal
Cuervo). — ¡Cra, cra!
FISCAL CUERVO (con
gestos de furia). — ¡Cra, cra, cracracra, cra, cra, cra!
DEFENSOR CUERVO (con
gestos de piedad). — Cra, cra, cra, cra, cra, cra, cra,
cra.
JUEZ CUERVO (a los
dos, llamándolos). — ¡Cra, cra! (Se juntan los tres y
agitando sus picos graznan al mismo tiempo en tono rápido y progresivo.)
VAGABUNDO (sobre el
fondo del cotorreo). — ¡Mirenlos! Podemos adivinar la
sentencia, ¿verdad?
CORO DE CUERVOS (deteniéndose
de golpe y marcando todos a una con el dedo). — ¡GARIBALDI, pum! (Salen revoloteando sus alas. Una pluma negra puede caer danzando
suavemente del techo.)
VAGABUNDO. — ¡Y
desde allí, a la cárcel! (Lentamente se
encienden las luces de la plaza, la ventanita de la cárcel y vuelve el decorado
a lo marcado en el primer acto. Se oye la voz del Guardián.)
GUARDIÁN (desde
fuera). — No quedan más punta de banco, señor. ¿Quiere un programita? (Aparece y ve al VAGABUNDO.) ¡Cómo! ¿Usted todavía por acá?
VAGABUNDO. —
Sí, Guardián. Yo tengo que ver a ese hombre.
GUARDIÁN — Me
han pedido que hoy no le deje estar en la plaza.
VAGABUNDO. —
¡Pero yo tengo que verlo!
GUARDIÁN. —
¿Lo conoce acaso?
VAGABUNDO. Sí, Guardián. Lo conozco como a uno de mis
mejores amigos.
GUARDIÁN (curioso). —
Nadie dijo nada, ¿sabe? Sólo se informa que van a colgar a un hombre. ¿Usted
sabe quién era?
VAGABUNDO. —
Exactamente lo que usted dijo.
GUARDIÁN. — ¿Y
yo que dije?
VAGABUNDO. — ¡Un
hombre! (Se oye una voz fuera.)
UNA VOZ. —
¡Señor Guardián! (El Guardián marca el
mutis.)
GUARDIÁN (al VAGABUNDO). — Si quiere quedarse,
póngase por allí, donde no lo vean. (Indica
un sitio fuera de Escena. Mutis de ambos. Entra un hombre vestido de negro, con
traza de funebrero y habla al público con grave voz de ultratumba.)
ANUNCIADOR. —
Señoras y señores. Como reza en el programa, se halla entre nosotros el afamado
industrial señor Cannis, conocido rey de las sogas, que fabrican sus
monumentales establecimientos Cannis Company Limited y que se emplearán en esta
ejecución. Acompaña al señor Cannis su gentil esposa, señora Mery Cannis.
Quedan ustedes en su grata compañía. (Saluda
y se cruza con el señor Cannis, su señora y un vendedor de la firma que entran
apresuradamente.)
SR. CANNIS (ligero
acento yanqui). — ¡Señoras y señores!
SRA. CANNIS. —
¡Señoritas!
SR. CANNIS. —
Señoritas: Sólo he de decir unas breves palabras que me dicta la emoción de
este momento. Y ellas son a propósito de la utilización de las sogas marca...
CORO DE LOS TRES (cantan). —
¡Cannis, Company, Limited!
SR. CANNIS — ...En la
ejecución pública de criminales. También fabricamos sogas de ocho cabos para
pasear perros...
SRA. CANNIS. —
...De dos cabos para atar paquetes...
SR. CANNIS. —
...Especiales para pescar...
SRA. CANNIS. —
...Y para remontar barriletes...
SR. CANNIS. — Y siempre una soga para usted, marca...
CORO DE LOS TRES (en pleno
swing).
— ¡Cannis, Company, Limited!
SR. CANNIS. —
...Como pueden comprobar viendo este muestrario cuyos precios podemos
proporcionar a los interesados, una vez que termine este lindo acto. Nuestra
firma se cree en el deber de declarar su... (Vacila.
Mira a la Sra. Cannis.) How do you say happiness in spanish?
SRA. CANNIS (consultando
un pequeño diccionario de bolsillo).
— Regocijo.
SR. CANNIS. —
Thank you... (al público). Su
regocijo más íntimo por haber alcanzado un nivel tan alto de calidad, que ha
tornado indispensable sus productos para la persecución y castigo de los
delincuentes. Al servir a la causa de la Justicia, lo hace con la fe puesta en
los altos valores humanos, en el mejoramiento del hombre y en la protección de
la moral y las buenas costumbres. He dicho.
SRA. CANNIS (al
marido). — ¿Falta mucho para que empiece?
SR. CANNIS. — No
my darling. En seguida se apagarán las luces y empezará. ¡Oh...! (Junta las cabezas de los tres.)
CORO (en
perfecto swing, como despedida).
— Cannis, Commany ¡Hu Hu Hu! (Mutis rápido sonriendo y agradeciendo.)
ANUNCIADOR. — Y ahora, señoras y señores, se apagarán todos
los faroles para que se cumpla la ejecución con la sola luz del alba, como lo
marca la ley. (Mientras las luces decrecen, sale el Anunciador. Hay un redoble
de tambores. Entra el verdugo con capuchón. Más atrás, seguido de dos guardias,
caminando muy lentamente, entra GARIBALDI,
que sube lentamente al patíbulo.)
VERDUGO (casi en
sombras). — Diga unas palabras, condenado. Es lo que se estila.
GARIBALDI (está casi
en sombras. Un hilo de luz comienza a herirle in crescendo en pleno rostro. Su
mirada se ilumina. Habla). — No. Yo no voy a morir. Esto...
también es parte de la vida. Pueden ahogar mi voz y castigar mi cuerpo. Eso
también es vida. Yo... soy un hombre. He tenido que sufrir mucho para
comprenderlo. Pero ahora sé que no estoy solo. En cada barrio, en cada rincón
de la ciudad enorme, en todas partes donde se sufre y se comprende, hay hombres
como yo. Y entonces no importa que haya lobos que quieran comprar la sangre y
se apoderen de la alegría y la felicidad del hombre. Yo he luchado. He probado
mis fuerzas y estoy seguro. Eso... no muere. (La luz sobre su rostro es intensa.) Desde aquí, veo llegar la
aurora. No es más que un intento de claridad sobre los tejados, más allá del
horizonte. ¡Pero es la aurora! Viene toda ella llena de luz y de pájaros. ¡Es
la aurora! ¿Me oís, NORA? ¡Donde
quiera que te encuentres, levanta la cabeza y dejala que se inunde de luz! ¡Es
la aurora! ¡Es la aurora que viene! (Queda
inmóvil en su sitio, llenándose de una luz intensa y ligeramente coloreada que
aureola solo su rostro. Todo queda así mientras un coro solemne y luminoso
inunda el aire sobre el que cae lentamente el
TELON
Gracias por compartir
ResponderEliminarDouui
ResponderEliminarDou
ResponderEliminarAmigo le pondria un 11 pero la maximo es un 10
ResponderEliminarCheta3
ResponderEliminarPuto
EliminarTe amoooooooooooooo cacho castaña
ResponderEliminarSi A tu pelooooo .... Ojalá que no puedass
EliminarPerdon agus
ResponderEliminarLe agarre gustito al fajo
ResponderEliminarLe agarre el gustito al fajo
ResponderEliminarSin estudio ni trabajo
EliminarCantalooooo ogro que golaza
ResponderEliminarNooooooo ogro
Oooh yeah
ResponderEliminarAl final se muere Garibaldi??
ResponderEliminarSe pelotudo de mierda
EliminarNo!!
EliminarSin estudio ni trabajo
ResponderEliminarDe ruta esta obra
ResponderEliminarMandaaaaleeeeeeeee cachito queriiidooooo
ResponderEliminarBasta Ruiz
ResponderEliminarLike si querés que Garibaldi esté en el fifa
ResponderEliminarUn kpo
EliminarDale dale dale espert dale dale dale espert
ResponderEliminarDALEEEE ESPERT DALEE ESPERT DALE DALE ESPERTTTTT
ResponderEliminarIba el tercero, iba el tercero, iba el tercero, gooolllllll del pity gollllll
ResponderEliminarQUINTEROOOOOOSS GOOOOOOL
ResponderEliminarLo mejor q lei asta aora
ResponderEliminarLo mejor q lei asta aora
ResponderEliminarY dale bo o o o y dale bo o o o
ResponderEliminarDemian se la come
ResponderEliminarPater gordo puto
ResponderEliminarMudo vende carne podrida
ResponderEliminarGuido cabezon come pingos
ResponderEliminarMudo come gordas
ResponderEliminarRaton puto
ResponderEliminarNegro paraguayo de mierda
ResponderEliminarGordo sin matricula
ResponderEliminarJulieta está re buena igualita a lola
ResponderEliminarPater gordo puto te la comiste a la matricula como te comes mi banana
ResponderEliminarSoy el piojo
ResponderEliminarManga de giless
ResponderEliminarPutos
ResponderEliminarPuto el que lee
ResponderEliminarQue te pa guacho
EliminarMuy bueno
ResponderEliminaralguien sabe que animales aparecen y q rol cumplen?
ResponderEliminarLinda la que lee
ResponderEliminarsaracatunga
ResponderEliminar